martes, 24 de noviembre de 2009

Allende Santiago... hacia el Finis Terrae

Si el viento hubiera soplado en otra dirección... yo estaría ahora sentado al pie del crucero, con la taza de café en la mano, con los rayos del último sol de la tarde deslumbrando mis ojos, esperando a quien se descolgara por allí, pensando en la cena que tendría que preparar, dejándome llenar los pulmones del aire húmedo y fresco de poniente, como cada tarde...

Pero el viento sopla para donde sopla, y aunque nos cueste mucho entender que las cosas pasan como pasan, solo tenemos que esperar, callada, serenamente... Pronto entenderemos que el viento sopla siempre para donde debe, que sólo debemos dejarnos llevar dulcemente por él hacia el siguiente destino, que las cosas pasan como pasan porque así es como deben pasar.

La ajada libreta que el viejo capitán con cansado pero joven corazón extravió en mi mesa, me ha servido hoy para trasladarme a aquél bendito lugar, al pie del crucero...

"Muchas vidas después, el cansado caminante habría de recordar, sentado junto al viejo crucero de piedra, la primera vez que vio morir al sol, naufragando en el horizonte.

Y recordó sus años vividos en el extremo del mundo, allá sobre el monte del cabo, cuando veía a diario salir el sol, nacer el día, sobre el sagrado y misterioso monte Pindo, mientras recorría lentamente la circunferencia que rodeaba el Ara Solis.

Esta ceremonia de salutación la repetía invariablemente cada mañana, antes de que el cielo empezara a clarear, preparando la llegada del dios sol que habría de cobijar con su aliento a la tierra, fecundándola de vida.

La realizaba a la puerta de la cueva, delante de los círculos grabados en el duro gtranito, huellas de los que le precedieron y salutaciones al astro rey, junto a los dibujos de grandes peces, aquellos grandes peces que periodicamente se acercaban a estas costas para ser fecundados.

Desde esta atalaya podía contemplar, junto a las Islas Lobeiras, dos pequeños promontorios que semejaban los lomos de dos "bois" que traían a su memoria la leyenda que decía que, un héroe troyano que habitaba en Duyo, se salvó del incendio que destruyó la ciudad lanzándose al mar a lomos de un buey. Ël consiguió salvarse, pero el buey se ahogó y quedó petrificado en el mismo lugar, conocido desde entonces como "os bois", saliendo él mismo del agua con su capa cubierta de esas conchas que sólo se dan en estos mares: las vieiras.

Y recordó cómo, muchos sigos después, un extraño hombre venido de Oriente, un tal Santiago, destruyó con sus propias manos el Ara Solis, para sustituir su significado solar por una nueva religión en la que el sol se personificaba en un Hijo de Dios nacido de una virgen.

Y así se olvidaron los ritos de fecundidad que llevaban a habitantes de toda la región a yacer por parejas sobre un gran lecho de piedra para conseguir descendencia.

Y poco a poco se fue perdiendo el recuerdo remoto de las epopeyas griegas que relataban cómo el sol se introdujo en una copa dorada para navegar por el océano, hasta llegar a la casa en la que pasaba la oscura noche. Sólo quedó de ello el vestigio del cáliz en el escudo de Galicia, del que tomó su nombre. Ya se encargó la nueva religión de tomar los símbolos y transformarlos en Eucaristía, bendita labor que, lejos de suprimir la tradición, la usó para traerla viva hasta estos agitados tiempos.

Y recordó lo que afirman las viejas crónicas: "El ocaso es, por antonomasia, Fisterra, en Galicia, y hacia allá salieron los iberos, con determinación de seguir el sol hasta el ocaso, y llegando hasta los últimos fines de la tierra, de donde no podían pasar, le erigieron al sol un templo donde ahora está Santa María de las Areas de Finisterre"

Y aquéllo que nació como una celebración solar a la vida, con el devenir de los tiempos, dió en lo que muchos siglos después sería un camino hacia la celebración de la muerte, a la veneración de un sepulcro, y al gozo oculto de una resurrección diaria, a un camino de intercambio, de conocimiento, de realización y de salvación que, más vital que nunca, recorren aún seres humanos de todas las procedencias, de todas las culturas, movidos por el mismo impulso: más allá, más lejos.

Mas esa es otra historia que, con ayuda de la vida, el cansado caminante intentará compartir más adelante.

Al pie del crucero, desde el fin de la tierra, oyendo tañer en la lejanía unas melancólicas campanas que anuncian la partida de un hermano hacia su última etapa. ULTREIA"


lunes, 23 de noviembre de 2009

De hace mucho... muy lejos...

Me siento un poco raro.

Es la primera vez, en los últimos cuatro años que no ocupo mi lugar por estas fechas de Marzo-Abril en un reducto de paz, de calma y de tranquilidad allá en Galicia, de cara al Fin de la Tierra, atendiendo y compartiendo con los que van y los que vuelven, con los que se acercan por primera y breve vez el Camino y los que están a punto de culminar su aventura, su largo y acariciado sueño de ser ellos mismos y de caminar con el viento en la cara, sin más objetivo que ver apagarse el Sol en los confines de la tierra conocida, allá donde comienza el reino de las tinieblas y de lo imaginado...

Otros vientos nos llevan a otros horizontes, nada permanece más de lo que debe permanecer, y el trabajo realizado pasa a ser una semilla que echará raíces en nuestra fecunda tierra interior y, algún día, se convertirá en maduros frutos para saborear cuando las manos ya tiemblen y no queden fuerzas más que para recordar.

Acabo de recibir un correo de dos personas que compartieron conmigo hace un año, en aquél lugar, aire, tiempo, mesa e ilusiones. Me han recordado y me lo han hecho saber enviando una fotografía en la que tres personas desconocidas se pasan el brazo por el hombro, sonríen satisfechos y se muestran... felices de ser y de estar.

Todo ello me ha hecho evocar aquél día en el que conocí un remoto y soñado lugar que se transformaría, a lo largo de los años, en un hogar y en un taller donde labrar el carácter y los sueños...

...Un viejo joven capitán se olvidó una ajada libreta en mi casa. De ella a veces me alimento, y con ella lloro y río. Hoy la abrí y me encontré su visión del albergue de San Roque, en Corcubión, allá hacia el Fisterra...

...No fue un día fácil. Muchas emociones, un barrunto de final, temas que se resuelven y temas que se enredan... no fue un día fácil.

Tras una buena caminata por carretera, se llega a Hospital. Habíamos dejado Olveiroa con un sol radiante y tuvimos que caminar pr el arcén, ya que uno de los puentes estaba destruído por las recientes lluvias.

Camino arriba, asoma, diminuta, la imagen de una pequeña casita blanca a la sombra triste de las chimeneas de una industria química que ensucia con sus desechos y su acre humareda el cielo y la tierra de este lugar remoto de la Galicia profunda.

Uno de mis compañeros tuvo una frase brillante: "Me pareció ver un lindo barecito". Luego de unas risas, yo le aseguré que no sólo había un lindo barecito sino incluso un lindo gatito. Así era, el gato siamés y la perrilla nos esperaban en la puerta para darnos una cariñosa bienvenida.

Luego de reponer fuerzas, campo a través por sendas de cortafuegos, camino adelante, la presencia radiante, increíble, magnífica, del mar, sí el mar, el punto y final o el punto y seguido de nuestro Camino.

Emoción a tope, lágrimas en los ojos, soledad, silencio, intimidad, una vez más la meta al alcance de los pies y el alma a punto de estallar de la mezcla de sensaciones.

Bajada vertiginosa hasta la orilla de Cee, comida abundante e inesperada camino de Corcubión y búsqueda de un albergue nuevo, un albergue recién inaugurado que nos depararía un ramillete de maravillas inesperadas.

Atravesando Corcubión nos saluda una señora amablemente, Josefa, a secas. Nos indica que vive cerca del Albergue y que nos acompañará, si se lo permitimos (además) para evitarnos una buena vuelta por la carretera. Le agradecemos el gesto y quedamos en volver a visitarla en breve, cando Dios quiera.

Y allí aparece, en la noche, en medio de un vendaval formidable el albergue de San Roque, en un alto sobre la villa de Corcubión.

Ya desde la puerta aquello pinta bien. Un personaje amable, sonriente, inhabitual, pero magnífico no recibe: Ole. Si, Ole, expresión tan española, corresponde al nombre de este hombre noruego que se encarga del Albergue. Es difícil retratar a Ole: paz, serenidad, amabilidad, confianza... quizá algo de esto, pero mucho más: LUZ.

En una sala decorada con magníficas fotografías del Camino y sus gentes, una mesa bien ordenada, allí nos sella las credenciales con los dos sellos de la casa: el de ida y el de vuelta.

En una esquina de la Sala, un pequeño altar lleno de piedras manchadas de chapapote, de pequeñas maderas extraídas de la mar, conchas, y todo tipo de pequeños objetos dejados por el océano en las playas.

Ole nos indica las normas del establecimiento: Anarquía y Amor.

Suena bien. En una sala adjunta, un comedor para la cena y una hermosa chimenea recien encendida. Nos sentamos los tres al amor de la lumbre, muy cerca unos de otros, sobre las mantas que nos hemos bajado, en el mismo suelo, y empieza a fluir entre todos esa línea de armonía, de paz, que sólo se percibe en determinados lugares.

La velada transcurre con buena música, Ole haciendo juegos de cartas con varios peregrinos sobre la mesa, dos más dándose un masaje en los hombros y la espalda a nuestro lado, una peregrina canadiense sentada, metiendo los pies literalmente en el fuego; todo es tranquilidad, todo es paz.

Miradas cómplices, resumen de días de convivencia y de vida en común, unas cervezas traídas del Club próximo, a precio de Club, por la más intrépida de nosotros, por nuestra hada particular, la rubia anfibia. Y un pote de mate ofrecido a cada uno de nosotros por nuestro anfitrión: Ole.

Todo eso y algo más, la sensación de estar en un hogar, el calor del cariño, de la sencillez, de la amistad, de la libertad, dispensada por esta gran persona: hijo predilecto de Galicia, peregrino convertido en limpiador de playas y para siempre, creo, enamorado de nuestra Costa da Morte.

Gracias, amigo, tu huella es impagable, ya forma parte de nosotros, de nuestros caminos.

Pd.- No sé si volveré ni cuándo volveré... pero aquél lugar forma parte de mis moradas interiores, y yo, de alguna manera, formo una ínfima parte de él.

P1070538

miércoles, 18 de noviembre de 2009

De vuelos, miradas, repeticiones y ... ¿sumar?

Mirada de Dragón

Aunque los dragones saben mucho, siempre tienen una mirada llena de asombro. Se asombran de las cosas que no conocen y de las cosas que conocen. A todo lo que conocen lo miran con ojos nuevos cada día y, si la mirada es nueva, las cosas son diferentes. Entonces se sorprenden de que haya tantas cosas nuevas en el mundo y les parece hermoso conocerlas.

—¡Qué hermosa flor! —dice un dragón negro.

—¡Muy hermosa! —contesta otro—. Es parecida a la que estaba ayer en este lugar.

—Sí, pero la que vimos ayer era cuando el sol estaba alto; ésta, con un sol de atardecer, me parece más hermosa.

—¡Qué hermosa flor! —dice el mismo dragón al amanecer del día siguiente.

—Sí —contesta el otro—. Muy parecida a otra que ya vimos. Pero con los rayos del sol del amanecer ésta es más linda.

Y vuelan hasta las montañas más altas, ésas donde las nieves están desde el primer día del mundo, contentos por haber descubierto una flor nueva.

Entonces un dragón le dice al otro:

—¡Qué hermosa montaña! ¡Tiene toda la nieve del universo!

Y los dos sobrevuelan en grandes círculos el pico de esa montaña que acaban de descubrir y que ya sobrevolaron mil veces.

Gustavo Roldán.

Este precioso cuento del cuentista argentino me sirve para reflexionar sobre lo grandioso, lo especial de ver las mismas cosas una y otra vez con ojos diferentes, con ilusión y expectativas diferentes ...

Algo así me sucede cada vez que pienso en nuestro Camino, mi Camino.

Aparentemente no tiene sentido caminar una y otra vez por terreno conocido (¿conocido? si, si ...), en volver a pisar los mismos caminos una y otra vez, en repetir paradas y etapas, paisajes y pueblos, una y otra vez, una y otra vez ...

Pero es que no es así. Es que no es lo mismo nunca. Es que los nombres de los lugares permanecen, pero los días no son los mismos, yo no soy el mismo nunca, la luz que llega a mis ojos nunca es la misma, sólo se parece ... a veces.

Muchos amigos me hablan de otros caminos, Norte, Primitivo, Plata, Mudéjar, Lana ... y mil más que se nos ocurran. Mi Camino es el Francés, amo a este Camino, y no me veo en otro.

Pero es que yo, como los dragones, no veo nunca lo mismo, es que para mí siempre cada día es diferente, como en lo que muchos llaman la vida normal (como si caminar fuera anormal) a mi me gusta sumar, sólo sumar. Es que como dice Fito, no se restar, ni quiero aprender nunca.

Por eso vuelvo, y estoy, y vuelvo, y ... y siempre es diferente, siempre hay algo que aprender, algo que repetir, algo que dar, algo que sumar ...

martes, 17 de noviembre de 2009

Su primera vez...

El Caminante había desembarcado en Burgos sin saber ni bien ni mal lo que estaba haciendo.

Mucho tiempo antes, allá en Compostela, le habían atraído aquellos seres con mochila, aspecto desgarbado y descuidado, pero con un brillo especial en la mirada, una luz en los semblantes que nunca antes había visto.

¿Quiénes eran? se preguntaba uno y otro día. ¿Qué les traía?

En cuanto tuvo ocasión se acercó a alguno de ellos y entabló una entrecortada conversación dada la dificultad de idiomas diferentes, y se fue prendando poco a poco de la paz, de la calma, de la alegría que se traslucían en sus palabras apenas entendidas, en sus actitudes, en sus rostros. "Algún día yo tengo que probar esto" se prometió a sí mismo.

Y allí estaba, descendiendo del autobús en el centro de Burgos, cargando su mochila, agarrando fuertemente su pequeño bastón de tantas caminatas por Guadarrama, y con el miedo, la esperanza, la ansiedad reflejados en su inquieta mirada.

No sabía nada de lo que le esperaba, no tenía ni idea de lo que hacer, sólo sabía que debía caminar hacia el Oeste, allá donde el sol se ponía cada día.

Se quitó la goma que sujetaba su largo cabello, sonrió al notar el cosquilleo del aire en su nuca y hacia allá partió, sin más.

Nada más salir de Burgos, fue despojándose de ropa, ya no soportaba los pantalones largos, el calor apretaba, era mediodía, y siguió las indicaciones de la carretera que mandaban para León. Asfalto, arcén, paso a nivel, polígono industrial, ¿será ésto lo que me espera?, flaqueó a la primera...

Al dejar la ciudad, en la primera curva frente a Villalvilla, un coche a gran velocidad se precipitó hacia él obligándole a lanzarse fuera del arcén. Primer sobresalto, ¿esto va a ser así siempre?, más vale que no...

Y se enfrentó a Tardajos, y pasó a Rabé. A la salida, se encontró con una pequeña ermita al pie de lo que, por primera vez, parecía un camino, ¿será éste, por fin, el Camino?

Al otro lado de la ermita, frente al cementerio, un majestuoso chopo le invitó a descansar. El aire olía a estío, a acequia corriente, un poco a polvo, a tomillo pisado. Unos minutos de descanso y una invitación a lo que le esperaba allí, pacientemente, desde hacía muchos siglos.

Repuesto, encaró la llanura siguiendo unas indicaciones oxidadas en las que se leía: "Chemin de St. Jacques". Eran sus primeros pasos en algo que influiría decisivamente en su vida.

Tras varios kilómetros de sol y llanura, siguiendo el camino de blanca y fina arena que destacaba entre los campos de cereal, cuando su ánimo empezaba a flaquear, se encontró en lo alto de una cuesta que bajaba cigzagueante hacia la llanura, otra llanura, con la visión reconfortante de un pequeño pueblo a lo lejos.

La enfrentó con el ánimo renovado, hasta que descubrió algo impensable para él, pero que nunca más dejaría de abandonarle: que las cuestas abajo, con las piernas cansadas, duelen más que las cuestas arriba.

La bajada no fue sencilla, empleó todos los trucos de caminante: bajar de lado a lado, pisar antes con los talones que con la puntera, etc. Era su primera dificultad seria en este camino y llegó dolorido y sorprendido al final de la cuesta.

Mucho tiempo después le dirían que, en aquel paraje llamado Cuesta de Matamulos, ocurrió un lamentable suceso en el que una reata de mulos fue asaltada y sus conductores degollados allí mismo. Algo no saludable quedaba en el ambiente, y el caminante lo percibió claramente. Apretó los dientes y continuó lo más aprisa que pudo hasta alcanzar el pueblo: Hornillos del Camino. Allí le esperaba alguna sorpresa no imaginada...

domingo, 15 de noviembre de 2009

De amigos, conocidos y... coincidentes

Se habla mucho sobre la amistad, los conocimientos que se traban, el buen ambiente que rodea a los caminantes. Es bueno que se hable, generalmente mucho y bien, de aquéllas personas que conocimos brevemente, a veces intensamente, uno o varios días, y que se convirtieron en una parte muy importante de nuestro Camino.

En muchas ocasiones, estos encuentros fueron ocasionales: un café aquélla mañana, unas palabras de aliento en un día difícil, una ayuda inesperada y salvadora cuando hacía falta agua, un Kleenex o un imperdible en medio del campo, un consejo ante la duda a la hora de orientarse, a veces sólo una mirada y una sonrisa fugaces en una parada.

Pero, muchas otras veces, muchas, se establecen entre peregrinos absolutamente diversos unos lazos fuertes, muy fuertes, que no se deshacen al finalizar el Camino, que se cuidan, se miman, se riegan y se abonan y terminan floreciendo en uniones que duran meses, años, y que en ocasiones se convierten en soportes anímicos para nuestras vidas.

Lo curioso es que muchas veces estos lazos se establecen entre personas muy diferentes en aspecto, edad, condiciones, que se unen voluntades que en otro marco sería muy difícil que ocurrieran ya que nuestras corazas, nuestras barreras de protección para la vida cotidiana se ven más debilitadas, más frágiles en el Camino.

Esta situación es muy común, más de lo que muchas veces nos imaginamos, pero tiende a idealizar unas circunstancias que luego no resisten en muchos casos la confrontación con lo cotidiano y acaban por diluírse en los recuerdos, dorados, pero recuerdos y alguna que otra decepción.

Por tanto, nada nuevo, el Camino es como la vida misma, pero vivida en otro marco, más intenso, más concentrado: caminemos pues con la mente abierta, con el alma en la mano, dispuestos a recibir y regalar amistad, sabiendo que lo que nos está pasando en ese momento es único y nunca va a volver a ser igual. Mejoremos, por tanto todo lo que nos sirva y dejemos en su lugar, tranquila, conscientemente, todo lo que no sean más que contactos, conocimientos, recuerdos, momentos. Y reguemos cada día nuestra parcela de amistades profundas, duraderas, sinceras, libres, son nuestro tesoro.

En el entorno del Camino tengo hoy repartida la mayor parte de mi tesoro: mis amigos.

viernes, 13 de noviembre de 2009

De botas nuevas... y menos nuevas

Estoy de estreno. Vaya, qué estado de excitación, si señor. Acabo de comprarme mis nuevas botas, esas que me acompañarán los próximos tres o cuatro mil kilómetros, las que evejecerán conmigo, las que se llenarán de polvo (con perdón), de barro, de caca de vaca, de purines... esas que dentro de poco no volverán a lucir los emblemas de WATERPROOF, HITEC, y otras lindezas que las hacen ¡tan, pero tan bonitas!...

Y es que todo llega a su fin. Mis queridas botas Adidas, las que me sacaron del ostracismo cuando creía que nunca más volvería a los caminos, esas en las que no creía cuando las estrené, que me hacían parecer tan pijo, tan fisnas ellas, con sus suelas galácticas llenas de taquitos de colores, con sus apliques reflectantes tan espectaculares que me hacían visible aún cuando yo no quisiera ser tan visible, tan blanditas, tan calentitas y amorosas, esas que me han acompañado tanto y tan lejos, esas se merecen un descanso, si, ha llegado la hora del relevo, pero no del abandono.

En el salón de casa acabo de presentarle a mis nuevas compañeras. Antes he limpiado las viejas, llenas de barro aún de los caminos del Baztán, de las cumbres de Belate y de los fangales de Dantzarinea. No quería que se sintieran en inferioridad, ahora que lo nuevo arrasa y que los viejos no estamos de moda. Y las he puesto allí, unas al lado de las otras, con todo el respeto del mundo, y me he alejado unos pasos, con discreción.

He afinado el oído y, pasados unos primeros segundos de recelo, he visto cómo se han mirado, desconfiadas las viejas, por encima del hombro las nuevas, exultantes de belleza y de tecnología, las muy orgullosas no reconocen que las anteriores también fueron nuevas una vez, también epataron con su sola presencia, ya aprenderán, los caminos se encargarán de ponerlas en el lugar que todos ocupamos tarde o temprano, en nuestro lugar.

Así han estado durante un buen rato, mirándose de reojo. "¿Qué se habrán creído estas niñatas?- rezongaban las Adidas-. Ya se le bajarán los humos, no saben lo que las espera: piedras, hielo, barro, grava y asfalto, mucho asfalto, cada vez más asfalto. Ya hablaremos dentro de unos años, a ver si son capaces de llegar a nuestra edad con el mismo estilazo que nosotras. ¡Ay! si no fuera por estas arrugas, qué digo arrugas, por estas rajillas insignificantes que llevamos por todas partes. Es que ya no hay fidelidad como antes, total porque le entra agua, ¿y qué? así vamos más frescas, que se han vuelto unos blandos..."

Mientras tanto, las flamantes, las brillantes, las jóvenes y desafiantes Hi-TEC, miran de reojo, como no queriendo saber nada. Saben de su fuerza, saben que la juventud arrasa, pero lo que no saben es que esa es una enfermedad que se cura irremisiblemente con el tiempo.

Así ha transcurrido un rato, y yo, no queriendo ser testigo de este enfrentamiento entre lo nuevo y lo viejo, me he ido a terminar de fregar los platos y la cocina que es una actividad menos gratificante, pero que me relaja en mis tiempos de descanso, entre destino y destino.

Cuando, al rato, una vez más limpio el fregadero que los chorros del oro, he vuelto al saloncito, me ha parecido escuchar un rumor suave de conversación. Intrigado, pego la oreja y me parece distinguir una voz grave, profunda, pausada alternando con unas risas infantiles. Miro con cuidado y me encuentro a los dos pares de pendones enzarzadas en animada conversación.

Ya estaban las Adidas contando la pinta que tenían hace una semana cuando aumentaban su tamaño al triple embadurnadas en ese barrillo que tanto nos gusta a los caminantes, si, ese que nos hace parecer trolls y que nos pega a la tierra. Y las muy inconscientes de las HI-TEC partiéndose el alma de risa. Y luego repasaron aquélla vez que hubo que remangarse para meterse hasta los mismísimos corvejones, que creo que así se llama la parte inmediatamente colindante con el inferior del tronco, allá donde la espalda pierde su casto nombre, vamos hasta el mismísimo CULO (Ave María Purísima), para atravesar la laguna Estigia que me esperaba pasada Calzadilla de los Hermanillos...

Y allí las he dejado, enrolladas, he cerrado discretamente la puerta y me he metido con el portátil... tienen tanto de qué hablar, tienen tanto que transmitirse...

En fin, que estoy como "niño con botas nuevas".

Tiempo habrá para que me domen los pies, porque, desengañaros, las botas doman a los pies, no los pies a las botas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

De sincronicidades, de decepciones y de gozos...

La tarde es de las que engañan: fuera, el sol luce claro, limpio, el cielo azul intenso, pero las sombras de las hojas en el interior del salón danzan una muñeira incesante, locas, sin freno. El viento, fino y sutil, trenza su melodía contra los cristales… hace mucho frío, o lo parece.

Las persianas de los ojos tienden a caer. La música monótona y minimalista de Wim Mertens limpia y rellena la casa, el olor a sándalo impregna cada rincón, todo está preparado para recibir a quien quiera venir…

Abro un nuevo libro; primera página, primeras palabras:

¡Katalintxe! ¡Katalintxe!

Dos golpes rotundos en la puerta me sacan del incipiente sopor que se estaba apoderando de todo yo.

Calzo los zuecos y acudo a la puerta. Al abrirla me encuentro a:

¡Hola, soy Katrina!
¡Hola Katrina, soy Ramón!

Primera sincronicidad.

Le hago gesto de entrar en la casa y allá que va. Es muy menuda, de edad madura, una de esas madres alemanas de hijas alemanas más grandes, más… típicas. Sonríe abiertamente y se lanza a abrazarme así, sin más. Pues bienvenido sea el abrazo.

Cierro la puerta ante la ventolera que se cuela escaleras arriba y suena de nuevo el aldabón: TOC – TOC.

Abro y aparece una alemana típica: joven, rubia, muy rubia, alta, muy alta, más… “teutona” que la otra, ya sabéis.

La invito con el gesto a pasar y ya estamos con los trámites administrativos: sellado de credenciales, preguntas de ¿cuánto cuesta?; ¿qué?; dormir; pues depende de lo cansadas que vengáis; nada mujer, no cuesta nada, si queréis contribuir a la marcha del Albergue ahí tenéis un bote; gracias; a vosotras…, tienes un lugar muy bonito; claro, vivo en él; y la música es buena; si, la elijo yo; y huele muy bien…

Suben a la habitación y se asombran de la vista de Fisterra, y les señalo el Faro, el fin de su camino. Les prometo que esta noche lo verán encendido y que les guardará su sueño.

¿Qué les preparo para cenar? Son alemanas… una buena sopa caliente y salchichas cocidas con arroz y queso… sí, creo que será una buena cena.

Ya duchadas y con ropa cómoda bajan y les comunico que cenaremos a las ocho, si les parece bien. Se miran divertidas: -Creíamos que hoy no comeríamos, tenemos una tableta de chocolate pero no pensábamos bajar al pueblo. –Pues ya veis, no hace falta, tenemos de todo.

Las dos vienen desde Roncesvalles, cada una por su cuenta. Han venido coincidiendo varios días a lo largo de todo un mes, pero nunca han hecho propósito de caminar juntas. Y el destino ha querido que se encontraran el penúltimo día, frente al Fin de la Tierra, al final de su aventura, de su búsqueda…

Katrina habla un poco castellano, ha vivido dos años en Canarias, y eso facilita la comunicación. Su mirada es dulce, una preciosa mezcla de bondad y tristeza… Habla mucho durante la comida, se la nota una necesidad de comunicar, de expresarse… Renata mira, escucha, observa, asiente, sonríe tímidamente y se ruboriza constantemente si te diriges a ella.

No están contentas… hasta ahora. Su camino ha sido duro, solitario, un tanto triste, esperaban más comunicación, creían que encontrarían más alemanes y no han hablado casi con nadie. Aún así todo les ha parecido hermoso, todo… excepto algunas actitudes de la gente, piensan que los peregrinos no son bien recibidos en algunos lugares… Las dejo soltar, escucho atentamente y las invito con la mirada a que se abran, a que me cuenten. Y rompen los velos y se muestran tal cual se sienten en su interior, decepcionadas, llegan al final de un camino que tanto les prometía y no han encontrado a las personas… -Bueno, eso tiene remedio – les digo.

-Habladme de las personas- les propongo- seguro que habéis encontrado alguien interesante, que os haya dejado huella.

Primero tímidamente, después con más soltura, me hablan de Luisa, de Agés, de Grañón, de Jato, de Marcel el de la Faba, de Tomás, de… ¡Caramba! y no habían conectado con la gente… Ellas mismas se dan cuenta de su contradicción y rompen a reir. ¡Es cierto! ¡Nos ha ido muy bien, y hemos conocido a mucha gente buena, y hemos aprendido mucho…! Entonces les hablo de mi eterno proyecto de escribir no sobre los pueblos ni los kilómetros, sino de las gentes del Camino, de hacer una guía humana del Camino y me animan a ello, creen que es lo más importante. Y Katrina insiste en que además no me olvide escribir de mí. –Pero hija, estamos hablando de gente importante, de gente que permanece en la memoria de los demás… -Pues por eso, por eso, -insiste.

Al hablar de Marcel le pregunto cómo está. Me dice que en breve irá a la India. -¿Tú has ido a la India? – me suelta de repente. –No… todavía. Me interroga con la mirada y le cuento uno de mis mayores secretos. –No iré a la India como turista. El día que vaya a la India, será para no volver, allí terminaré mi vida… -¿A dónde irás? –A Benarés, y allí acabaré. – Pues qué bueno que aún no has ido, así te tenemos aquí, con nosotras…

En ese momento me doy cuenta de que la música que suena es de shitar, armoniosa, eterna, y que un dulce olor a sándalo y nenúfar llenan el ambiente.

Segunda sincronicidad.

Katrine entonces me resume su Camino: ha sido como una “vida extra” dentro de la vida. Yo le digo que tiene que hacer que esa vida “extra” se convierta en su vida ordinaria, que no hay que rendirse ante la dificultad de llevar estas experiencias a la práctica en la vida cotidiana, una vez que se han sentido y que se han hecho realidad… y les hago prometer que lo intentarán y que a partir de ahora todo será más fácil.

Me agradecen con sus mejores sonrisas que las haya atendido, que estuviéra aquí, en lo alto del monte, con esta preciosa casa abierta esperándolas. Ahora ya su Camino tiene sentido, han recorrido con el pensamiento cada uno de los días que ha durado, han recordado cada buena palabra recibida, cada gesto amable, y ya todo tiene otro color… labor cumplida. Yo les recuerdo que ellas y todos los que son como ellas son la razón de que esté aquí, y a mi vez les agradezco que hayan elegido este lugar para descansar y su compañía esta noche.

Al despedirlas esta mañana, ambas me han abrazado con fuerza… y en el libro de Peregrinos han aparecido escritas estas palabras:

“Lo más importante son los hombres que escuchan sus corazones…
su corazón es como una estrella que da luz a la tierra…” Hilde Domin.

Respecto a “JAMAS”

“Jamás es una palabra demasiado contundente para ser cierta. Nadie está realmente seguro de lo que dura “jamás” porque nadie ha vivido tanto. Tranquilo, el tiempo siempre acaba por ordenarlo todo”.
Alonso de Salazar y Frías. Inquisidor Mayor de Logroño, apodado “El abogado de las brujas”

He dado la vuelta al reloj de arena… y que salga lo que tenga que salir.