lunes, 30 de noviembre de 2009

De aprendices y de... ¿peregrinos?

Peregrino, casi nada. Palabra que evoca entremezcladas dulces y amargas sensaciones: determinación, confianza, esfuerzo, dolor, desánimo, Soledad, compartición, esperanza, ilusión, luz, sombras, desespero, alegría, lágrimas dulces y saladas, gozo, Plenitud... tantas y tantas experiencias, tantos recuerdos, tantas dudas, tantas decepciones, tantas alegrías... y todo para encontrarme en el mismo lugar que al principio, con todo por hacer y todo por vivir.

Siempre me cayó grande la palabra peregrino, tanto como la vieira que todo el mundo se colgaba en la mochila y yo nunca me atrevía, la guardaba en el fondo de la mochila, la sacaba cada día y la sostenía en las manos, pasaba mis dedos lentamente por sus relieves, una y otra vez, una y otra vez, y... la volvía a guardar.

No sé lo que significa peregrino, sí sé que yo no lo soy, nunca lo seré, entre otras cosas porque ni siquiera me lo propongo, no es mi meta ni mi objetivo.

A lo largo de tantos años creo que he estado en contacto con algunos Peregrinos. Peregrinos en la justa acepción del término, en la académica: personas que se desplazan a un lugar Santo, movidas por algún sentimiento parecido a la Fé, o en cumplimiento de un ofrecimiento interior, o ¡qué se yo! parecían, a mis ojos, Peregrinos.

Nunca los comprendí del todo, nunca los envidié, compartí con ellos, ayudé al que me lo pidió y al que no, aprendí muchas cosas, pero no fui nunca de su partida... no sé por qué, pero sé que no era de ellos.

Para mí, aprendiz es el que está en período de formación en alguna materia, subiendo escalones para llegar a una maestría... no me considero ni siquiera en ese estado, no es mi meta.

Pero sí sé que, con otros "tempos", seguiré por este Camino, seguiré recibiendo y ofreciendo lo que esté en mi mano, porque este es un Camino de Vida, como tantos otros, pero éste es el que yo he elegido, y en él me siento VIVO.

Gracias por la oportunidad de sacar todo ésto a la luz.

De lágrimas... dulces

"Hoy he vuelto a llorar.

Temprano, como no lo hacía desde varias semanas atrás.

Hay lágrimas dulces y lágrimas saladas. Las saladas son las que nos imponen la vida y los acontecimientos... dejémoslas estar por hoy. Las dulces son las más queridas, las que nos brotan de las emociones, las que se confunden muchas veces con la sonrisa franca, con una suerte de felicidad.

A esas me refiero hoy. He vuelto a ver caras agradecidas, sonrientes, rostros de personas que se despiden del Camino, que han llegado a su meta, que vuelven a sus hogares, llenos, felices, nostalgicos.

Al despedirles en la puerta, todos teníamos lágrimas dulces en el rostro, y no importaba que nos surcaran hasta la barbilla... un abrazo, una mirada, alzar las manos y un Buen Camino en la boca y en el alma.

Hoy he vuelto a llorar dulce, lo necesitaba, ¡Dios! cómo lo extrañaba.

Desde donde se ve el fin de la tierra, espero llorar así todos los días."

domingo, 29 de noviembre de 2009

Desde la Zona 0

De viejos papeles extraviados, nunca olvidados, asoma este grito desgarrado:

Ya iba siendo hora de volver, de ver con nuestros propios ojos lo que nuestra alma presentía, de acercarnos a lo que puede que nunca vuelva a ser igual... y para allá que nos fuimos esta magnífica mañana de primavera (en febrero).

Y lo que vimos es lo que imaginábamos, lo que recordábamos: un valle magnífico y fértil, una tierra tranquila y en paz, unas carreteras solitarias y acogedoras, un pueblo intrépido y valiente sobre su loma, unas calles evocadoras y limpias, unas puertas nuevas y viejas que hacían presentir la vida interior de las casas... y un presentimiento doloroso de soledad, de abandono por parte de todos.

La primera sorpresa fue no encontrar el letrero que nos emocionó allá por el 2004 cuando caminamos por estas tierras, y que presumía de hermanamiento entre este aguerrido y orgullos pueblo (Artieda) y el muy lejano y querido pueblo de Chiapas. Los contenedores modernos del reciclaje no han debido de dejar espacio para aquél grito silencioso y lo han debido de desplazar quién sabe dónde.

La iglesia y el Albergue siguen en su sitio, aquélla y éste cerrados a cal y canto, sin sorpresas. Luego un paseo por las calles solitarias, y un elegante y artístico tropezón o leñazo que da con mis cansados huesos en medio de la calle principal, eso si, sin soltar la máquina de fotos ni sacar la mano derecha del bolsillo, así, sin previo aviso. El incidente se salva con una rodilla escocida y un siete de considerables dimensiones en el pantalón de los domingos, ¡vaya sea por Dios!

Luego buscamos testimonios de la batalla y algunos encontramos, y fuertes. Fotografiamos desde la parte superior del pueblo el valle que se pretende inundar, y la cola del pantano que se quiere traer hasta aquí mismo, ¡pena da!

No hay con quien hablar ni con quien contrastar nada, así que, una vez fotografiadas las pancartas recogidas de la última movida, nos dirigimos hacia Ruesta, bastión de la CGT y territorio liberado, de gratos recuerdos, y una víctima más de lo que se pretende hacer. Allí aprovechamops para inmortalizar unos cuantos grafittis gloriosos y únicos , testimonio de una rebeldía con causa, fiera e indomable.

Y volvemos a casa dando un rodeo por Sangüesa, otra posible víctima de esta sinrazón (esperemos que no).

La sensación es de soledad, de cierta tristeza, pero de belleza natural, de recursos abundantes pero mal administrados, de alguna decandencia , de un camino que se pierde irremediablemente, amenazado una y mil veces, y que parece que ahora sí que se nos va.

Por si sirve de algo, ahí nos quedan unas pocas escenas de lo que hay, de lo que no se sabe cuánto tiempo estará, pero que nunca, NUNCA, debería desaparecer.

¡¡¡ YESA NO !!! ¡¡¡ SALVEMOS EL CAMINO !!!





viernes, 27 de noviembre de 2009

La palabra es MAGIA (y libertad)...

De viejos papeles extraviados, nunca olvidados, aflora este recuerdo con palabras y... ¿magia?

El año pasado, sirviendo en Grañón, tuve la gran suerte, en una tarde especial por dura y por ingrata, de atender a dos mujeres jóvenes y bellísimas. Eran italianas. Estaban tristes, como yo en ese momento. Y me salió la vena de hospitalero y me fui a por ellas.

Las dos mujeres demostraban una sensibilidad poco común, unas maneras amables y melancólicas que me prepararon para lo que se veía como un trabajo complicado: intentar poner un poco de ilusión en esa pareja.

No suelo ser muy fino en algunas cuestiones, pero quizá es que no me interesan lo más mínimo. Por tanto, ni me enteré de su condición de pareja real hasta que una de ellas, la más triste, me lo dijo. Seguimos hablando como si nada, no le di ninguna importancia, pero me hizo mucho bien ver a dos personas distintas, que vivían con toda la dignidad del mundo su sexualidad, y que no tenían ningún reparo en hablar de ello con alguien extraño. También me hablaron de su religión: budista.

Su camino estaba siendo dificil, no encontraban la magia que esperaban... y allí encontré campo abonado para desplegar mi iniciativa. Les aseguré que deberían dejar de buscar, que entonces hallarían. Les conté mi célebre frase de: "Fijáos bien en todo lo vivido hasta hoy. Cada día, deberíais encontrar algo bueno, algo malo y tomar una decisión importante".

Eso tan simple les sirvió para que se pusieran a reflexionar y a repasar lo ya vivido y... ¡albricias! había más cosas buenas de las que creían. Limpiados los recelos, cambiado el aire de la tarde, una de ellas me pidió que les explicara la magia el Camino. Yo no tuve inconveniente, pero les dije que la magia era personal, no se podía compartir, pero que existía, vaya si existía, no había más que vernos a nosotros tres hablando de ella sentados en la hierba , a la puerta del Hospital de Peregrinos, en dos idiomas diferentes, mirándonos a los ojos, y cambiando la nube de nuestra frente por chispazos de alegría y de complicidad.

Todo había cambiado para ellas, ya veían luz por todas partes. Esa fue la magia de aquél día. Me propusieron que si no tenía inconveniente en hablar a un micrófono mientras que una de ellas grababa todo con una cámara grande, mucho más que las habituales de mano.

Sin problemas... allí estuvimos hablando, en silencio, riendo, mirándonos, un buen rato. La tarde acabó subiendo a la torre y viendo la maravillosa puesta de sol que nos regaló el Camino. Ya había aparecido la magia, ya había motivos para seguir, ya el día para mí había tenido sentido... y había que verlas, cogidas de la mano, yo pasando un brazo sobre los hombros de cada una de ellas, incapaces de movernos de la torre hasta que la oscuridad fue total.

Quizá fueran ellas, quizá en ese video me pueda ver algún día y me sentiré bien por haber participado en esa aventura, lo que si sé es que ellas fueron felices allí, yo fui más feliz aún, y eso es Camino, no es circo.

Buen Camino, a todos.

Pd.- Meses después recibí este correo. Eran ellas:

Estas son sus palabras:

ogni giorno penso a te e a quello che mi hai detto
credo che il significato di tutto quelo che e' successo si chiarira'
nel tempo, molto tempo
io e cristina stiamo ancora pensando a come raccontarti tutto e
rispondere cosi' alle tue domande. soprattutto, vorremmo usare questa
comprensione anche nel nostro documentario
ogni giorno incontro persone nuove, a a tutte chiedo di te e di grenon.
tutti si ricordano di voi, con lo stesso amore che hanno ricevuto
ti voglio bene
a presto

Misión Cumplida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

De confesiones a media voz...

¿Llegó el momento de las confesiones? Quizá sea bueno abrir las cataratas del alma y confesar a viva voz que todos tenemos momentos... digamos delicados. Y algunos más que otros.

En fin, ahí va uno mío... y de los gordos (no se lo digáis a nadie, por favor).

Fue en los tiempos de la invención del Xacobeo, me tiré una semana con el Sr. Fraga (Dios le guarde muchos años... ¡más!) delante y detrás, todo el día con la caravana abriendo paso, motorista, séquito, etc. coincidiendo todos los días del Señor. Por lo visto, aquél año le dió al Sr. Presidente por inaugurar albergues, uno cada día, a la hora de la siesta, invariablemente se presentaba en la ruta, se dirigía tambaleante hacia el Albergue de turno con todo el séquito sudando y echando el bofe detrás, tiraba de la cuerda que destapaba la bandera de España y la de Galicia y aparecía una plaquita conmemorativa, dirigía unas ininteligibles palabras a los diez o doce congregados y, con la misma celeridad y al mismo paso que invitaba a echarle una mano porque parecía que iba a dar un tumbo, aunque nadie se atrevió jamás a rozarle, se largaba con las sirenas de los motoristas abriendo paso a toda velocidad.

La visita no duraba más de tres minutos cada día, pero allí quedaba, impecable, blanco y azul, reluciente y brillante el nuevo Albergue del pueblo, y los peregrinos... pues a disfrutarlo, que era una nueva experiencia nunca soñada en el Camino de Santiago.

Ese día me pilló en Ribadiso. La visita se prolongó por lo menos dos minutos más, tiempo que empleó el Sr. Presidente en volar a trompicones, como siempre, de las cocinas a las cuadras, y de allí a los aseos... y corriendo, una vez más a los coches.

Pero ese día era especial, el Albergue era una joya, con sus prados bien segados, su puentecito, sus escaleras que daban al río, y sus vaquitas mirando con sus ojazos asombrados a los saltimbanquis que nos lanzamos como buitres al agua y nos dejamos arrastrar entre grandes aspavientos hasta la sombra del puente, para retornar de nuevo a las escaleras sin solución de continuidad.

Aquél día era mi santo y, uno de los compañeros de caminata había tenido el santo valor de adquirir en Arzúa una botella de brebaje de hierbas y transportarla a lomos de su mochila para celebrar el evento.

La cena la improvisaron unas chiquillas italianas: spaghetti al pesto, mucho pesto y mucho spaghetti... y nada más ni nada menos.

Lo que siguió fue una velada a la luz de la luna, al borde del río, alejados de los dormitorios para no molestar a nadie, donde se repasaron todos los registros sentimentales, desde "Torna a Sorrento" a "Negra sombra" pasando por las joticas del "Cura de Villalpando y sus famosos ...", nada quedó sin cantar, sin desentrañar, nadie se quedó sin su ración de risas y de lágrimas por el pronto fin del Camino, por los momentos vividos y por los que vendrían después.

Uno a uno, como en la canción del maestro Sabina, los compañeros se fueron retirando... y allí me quedé, sentado a horcajadas, con la botella cogida con las dos manos (la de hierbas), junto a la corriente del río, bajo la luz de la luna... (snif, snif, snif), desolado, encantado, hecho polvo, radiante de felicidad, solito como vine al mundo... con mi regalada botella...

Como comprenderéis sólo cabía hacer una cosa: hasta el fondo. No sé lo que tardé, sólo sé que no me pude levantarcuando lo intenté... Cap problema, a gatas, tranquilamente, recorrí los cien metros más o menos que me separaban de los lavabos, hice mis cositas, y de la misma guisa, tranquilo, sin un fallo ni un resbalón me planté ante la ventana del dormitorio, a la sazón abierto de par en par por la calorina, y ni corto ni perezoso me colé por la misma yendo a dar, casualidades del destino, a la parte alta de una litera, vacía, por supuesto.

No recuerdo nada más. Sólo despertarme aterido de frío, de amanecida, sin haber hecho ni un solo ruido, pero muy lejos de la que debería haber sido mi cama y mi mochila con el saco.

Por supuesto no tenía ni la menor idea de dónde me encontraba, si en la mili en el Campamento de San Pedro o en el tipi de Marcel en La Faba, ni idea.

El día siguiente fue corto, muy corto, pero se me hizo largo, muuuuuy largo.

Estas cosas pasan, a veces, cuando uno es malo y no hace las cosas bien, pero ¿quién no se perdonaría después de tantos días de fatigas, a las puertas de Compostela, una noche de verano al borde del Iso, bajo la espléndida luna llena...?

Yo me perdoné... y confío en que algunos de vosotros me disculpéis.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

De las botas sin número, que sirven a todo el mundo...

"... Son pequeñas, aparentemente iguales a todas las demás botas, pero son especiales, ya han ido a Santiago más de siete veces... calzando pies diferentes.

Llegaron a mí un mes de Octubre, lluvioso, frío, desapacible, pero traían vida, luz y esperanza con ellas, y mucha ilusión. La primera vez que las vi estaban empapadas de luvia y barro, y la persona que las calzaba no podía dar un paso más. Estababa derrotada física y anímicamente, su Camino no daba más de sí... y allí se quedaron, junto a mí. Ella había encontrado lo que buscaba, no iba a seguir más allá, y quiso que sus botas quedaran allá conmigo, en el Páramo, esperando a quien pudiera necesitarlas, a quien las llevara hasta Santiago, o a esperarla si algún día la vida la volvía a traer al mundo de la ilusión que se había forjado...

...Las guardé en el armario de mi casa y no tardaron en salir a la luz. Ella había roto sus botas de toda la vida, unas botas que la habían acompañado en sus trabajos en favor de los desvalidos en medio mundo: Vietnam, Sudán, Sahara... la suela no pudo más y se partió literalmente por la mitad. Así no podía seguir. Le hablé de mis botas guardadas, quizá podrían ayudarla a continuar...

...Se las probó. Como un guante, nunca se había sentido mejor. Le dije que las llevara a Santiago, ese sería el fin de su viaje, pero le rogué que, una vez terminado su Camino, me las devolviera, eran muy especiales para mí. En prueba de compromiso me dejó las suyas, las rotas, con mi compromiso de guardarselas hasta su vuelta.

No volvió, pero volvieron las botas en un paquete desde Santiago, quince días después. Venían con una carta de agradecimiento, con un beso marcado con carmín junto a la firma y con la alegría inmensa de haber culminado su Camino con el mejor calzado que había experimentado en su vida. Le devolví las suyas por correo y le agradecí haberme devuelto las mías.

Una vez, una preciosa mexicana llegó a casa. Era estudiante de baile en Madrid y sus piés, muy delicados, ya no podían más: estaban llenos de llagas y de heridas. La curé lo mejor que pude y ella se quedó un par de días descansando. Me regaló con su alegría y con sus dotes culinarias: cocinó guacamole, pollo con diferentes clases de mole, enchiladas, y lo celebramos bien con blanca tequila. Cuando iba a partir comprobó con horror que no podía calzarse sus botas, no le entraban los pies en ellas...

Y recurrimos a las botas sin número. Como la seda, decía sentirse como descalza, liviana como una pluma... Llegaron a Santiago, ni un problema más con los pies. Me las devolvió con las palabras más bellas y agradecidas que nunca me ha dirigido alquien a quien conocí tan poco...

La siguiente vez salieron de casa en los pies de una mujer con los ojos muy oscuros, de más allá del mar. Esa vez el viaje fue un poco más azaroso, pero volvieron al armario, una vez cumplido su destino. Lo que estuvo a punto de romper algo bonito no llegó a hacerlo... y hoy ambos presumimos de nuestro afecto y cariño.

Y así una y otra vez. Han ido y vuelto, han acompañado a mujeres de más de seis países diferentes... y han vuelto, y están aquí, cerca de mí, bien guardadas, esperando a quien las necesite, pues para ella son."

Pd.- ...nunca, nunca dejes de jugar con tu niña, contigo misma, si alimentáramos más a nuestro niño interior las cosas serían más sencillas, más claras. Debemos dedicar más tiempo a jugar con nuestro niño, a oírle y a permitirle acompañarnos...

...incluso al País de Nunca Jamás, a la tierra de los Niños Sin Nombre, a ese mundo que, si alguna vez hemos sido capaces de imaginarlo, no cabe duda alguna de que existe en algún lugar, aunque sea en nuestro interior, y hacia allí quizá nos lleven las botas sin número que sirven a todo el mundo...

...bañémonos pues en el polvillo mágico de Campanilla y: Si acaso quieres volar, piensa en algo encantador, como aquélla Navidad en que viste al despertar juguetes de cristal... volarás, volarás, volarás...

No me he resistido la tentación y acabo de sacar de nuevo las botas mágicas, y... hasta me atrevería a decir que brillan un poco... más.

martes, 24 de noviembre de 2009

Allende Santiago... hacia el Finis Terrae

Si el viento hubiera soplado en otra dirección... yo estaría ahora sentado al pie del crucero, con la taza de café en la mano, con los rayos del último sol de la tarde deslumbrando mis ojos, esperando a quien se descolgara por allí, pensando en la cena que tendría que preparar, dejándome llenar los pulmones del aire húmedo y fresco de poniente, como cada tarde...

Pero el viento sopla para donde sopla, y aunque nos cueste mucho entender que las cosas pasan como pasan, solo tenemos que esperar, callada, serenamente... Pronto entenderemos que el viento sopla siempre para donde debe, que sólo debemos dejarnos llevar dulcemente por él hacia el siguiente destino, que las cosas pasan como pasan porque así es como deben pasar.

La ajada libreta que el viejo capitán con cansado pero joven corazón extravió en mi mesa, me ha servido hoy para trasladarme a aquél bendito lugar, al pie del crucero...

"Muchas vidas después, el cansado caminante habría de recordar, sentado junto al viejo crucero de piedra, la primera vez que vio morir al sol, naufragando en el horizonte.

Y recordó sus años vividos en el extremo del mundo, allá sobre el monte del cabo, cuando veía a diario salir el sol, nacer el día, sobre el sagrado y misterioso monte Pindo, mientras recorría lentamente la circunferencia que rodeaba el Ara Solis.

Esta ceremonia de salutación la repetía invariablemente cada mañana, antes de que el cielo empezara a clarear, preparando la llegada del dios sol que habría de cobijar con su aliento a la tierra, fecundándola de vida.

La realizaba a la puerta de la cueva, delante de los círculos grabados en el duro gtranito, huellas de los que le precedieron y salutaciones al astro rey, junto a los dibujos de grandes peces, aquellos grandes peces que periodicamente se acercaban a estas costas para ser fecundados.

Desde esta atalaya podía contemplar, junto a las Islas Lobeiras, dos pequeños promontorios que semejaban los lomos de dos "bois" que traían a su memoria la leyenda que decía que, un héroe troyano que habitaba en Duyo, se salvó del incendio que destruyó la ciudad lanzándose al mar a lomos de un buey. Ël consiguió salvarse, pero el buey se ahogó y quedó petrificado en el mismo lugar, conocido desde entonces como "os bois", saliendo él mismo del agua con su capa cubierta de esas conchas que sólo se dan en estos mares: las vieiras.

Y recordó cómo, muchos sigos después, un extraño hombre venido de Oriente, un tal Santiago, destruyó con sus propias manos el Ara Solis, para sustituir su significado solar por una nueva religión en la que el sol se personificaba en un Hijo de Dios nacido de una virgen.

Y así se olvidaron los ritos de fecundidad que llevaban a habitantes de toda la región a yacer por parejas sobre un gran lecho de piedra para conseguir descendencia.

Y poco a poco se fue perdiendo el recuerdo remoto de las epopeyas griegas que relataban cómo el sol se introdujo en una copa dorada para navegar por el océano, hasta llegar a la casa en la que pasaba la oscura noche. Sólo quedó de ello el vestigio del cáliz en el escudo de Galicia, del que tomó su nombre. Ya se encargó la nueva religión de tomar los símbolos y transformarlos en Eucaristía, bendita labor que, lejos de suprimir la tradición, la usó para traerla viva hasta estos agitados tiempos.

Y recordó lo que afirman las viejas crónicas: "El ocaso es, por antonomasia, Fisterra, en Galicia, y hacia allá salieron los iberos, con determinación de seguir el sol hasta el ocaso, y llegando hasta los últimos fines de la tierra, de donde no podían pasar, le erigieron al sol un templo donde ahora está Santa María de las Areas de Finisterre"

Y aquéllo que nació como una celebración solar a la vida, con el devenir de los tiempos, dió en lo que muchos siglos después sería un camino hacia la celebración de la muerte, a la veneración de un sepulcro, y al gozo oculto de una resurrección diaria, a un camino de intercambio, de conocimiento, de realización y de salvación que, más vital que nunca, recorren aún seres humanos de todas las procedencias, de todas las culturas, movidos por el mismo impulso: más allá, más lejos.

Mas esa es otra historia que, con ayuda de la vida, el cansado caminante intentará compartir más adelante.

Al pie del crucero, desde el fin de la tierra, oyendo tañer en la lejanía unas melancólicas campanas que anuncian la partida de un hermano hacia su última etapa. ULTREIA"