... Ninguno de nosotros podía creer lo que estaba oyendo.
"¿Y todo eso se puede hacer?".
"¡Claro, no solamente se puede sino que ¡lo voy a hacer!".
"Pero ¿por qué?".
Los ojos de aquél hombre, brillantes hasta entonces, se cubrieron de un leve velo húmedo.
"Porque es el sueño de mi vida, porque era el sueño de mi madre ... Me crié en esa casa que podéis ver al fondo, y allí siempre vi un caldero humeante puesto al fuego. En él se cocía todo aquéllo que se podía: huesos, algún trozo de gallina, muchas berzas, garbanzos, una punta de hunto y patacas, muchas patacas... Nunca vi apagarse aquél fuego y nunca conocí el fondo de aquél caldero. Cuando un caminante asomaba por lo alto de la cuesta, yo corría y lo traía de la mano, se sentaba donde podía y, antes de que se quitara el morral, ya tenía un cacillo ante sus ojos y un buen pedazo de pan bruno, de aquél moreno y compacto, entre sus manos. Eso hizo mi madre durante toda su vida; eso quiero hacer yo. Pero no quiero que, como antaño, el caminante tenga que aparejarse un jergón con paja nueva al arrimo del calor de los animales. Yo lo que quiero es que duerma, que durmáis, en una cama, al calor de la estufa y con unas paredes limpias y secas, y que tengáis una manta para abrigaros..."
"Pero ... eso no es necesario, ya tenemos lo que necesitamos..."
"Nunca se tiene todo lo que se necesita, si eso fuera así no buscaríais, nunca es bastante. Hay que hacer las cosas bien, y así se harán..."
... Sus palabras eran firmes, no dejaban el menor resquicio a la duda. Y allí estábamos nosotros, con la boca abierta, empapándonos de la seguridad, la ilusión y la firmeza que aquél hombre transmitía.
"Bueno, y ¿qué puedo hacer yo? ¿cómo puedo ayudar?".
"¿Cómo? Con tus manos"
"¿Yo?, pero yo nunca he trabajado en la construcción: Creo que no podría..."
"Chaval, ¿tienes manos? ¿tienes ganas? ¿tienes tiempo?"
Así todo en vendaval...
"Un momento, tengo manos, tengo ganas, pero el tiempo no me pertenece, es mío y de mi familia..."
"Tienes lo principal, ya sacarás tiempo... Quiero construírlo con mis propias manos, y con las de peregrinos. No utilizaremos máquinas, todo lo tenemos que hacer nosotros, como se construía en el siglo XI, como se construyó la Iglesia de Santiago, esa que está ahí justo al lado, lo haremos con la piedra que conseguiremos en el monte, igual que ellos, y tardaremos lo que haga falta... ¡pero lo haremos!"
No dejaba de mover las manos sobre los dibujos. Cómo lo haría, cómo hablaría que ninguno de los que allí nos encontrábamos dudamos en ningún momento que esa Casa se haría, ¡vaya si se haría!, y la haríamos nosotros, y los que vinieran detrás, nunca faltarían manos ni voluntad, aquél proyecto saldría adelante, sin duda, el Señor Santiago ayudaría...
En ese momento tomé la decisión: en cuanto acabara mi camino, en cuanto llegara a Santiago, volvería para ver sino se trataba de una alucinación, de un sueño. Sólo faltaban siete días y, en cuanto volviera al trabajo, el primer fin de semana que tuviera libre allí que me plantaría. Una de dos, o el Camino me había vuelto loco o aquella tarea era lo que estaba esperando, una tarea en la que trabajar por un sueño, una forma de devolver tanto y tanto como llevaba recibido y acumulado.
Miré a aquél hombre, le tendí la mano y él me la estrechó entre sus dos enormes manazas. Un calor nada común, una corriente de energía como nunca había experimentado me invadió de los brazos a los pies. Supe entonces que aquella obra se iba a realizar, y que yo la vería hecha, sin ninguna duda...
lunes, 14 de diciembre de 2009
domingo, 13 de diciembre de 2009
Construir sueños... (1)
La tarde estaba fría, pero fría de hielo, de escarcha sin levantar, gris, bella. Bajo los plásticos todo estaba en calma. Cinco o seis peregrinos, cada uno solo en compañía, cada uno ensimismado en su vida, en su vivencia, ocupábamos todo el espacio de lo que se podría considerar un extraño híbrido entre carpa, invernadero y comedor... más o menos. La tierra bajo nuestros piés, un banco en el que descansar, unas mesas largas llenas de esas cosas que los que caminamos siempre llevamos: cuadernos, una botella con agua, unas flores secas en un rincón, polvo, riñoneras.
Y paz, mucha paz, tensa paz, acogedora paz. No se necesitaba más, nadie pedía más, éramos afortunados por tener todo aquéllo que necesitábamos.
La estufa, al fondo, crepitaba con un puñado de castañas puestas a asar. Algún osado levantaba sus pies y apoyaba sus botas en el borde de hierro. Un ligero olorcillo a goma quemada se mezclaba con el aroma de las castañas.
El patrón de la casa nos propuso un reto, un precioso y loco reto: vamos a levantar en este lugar una casa para peregrinos... Pasados los primeros minutos de incredulidad y estupor se formó un corro de caras iluminadas por una mezcla de sorpresa y ¿por qué no? de ilusión.
Estaba naciendo un sueño...
... Al principio nadie se atrevía a romper el momento encantado. Nos mirábamos, eludíamos los ojos, mis frías manos empezaron a sudar, nuestros corazones comenzaban a acelerarse, pero nadie decía nada; el torbellino de nuestros pensamientos se podría oir con toda seguridad hasta más allá de la puerta, pero nadie se atrevía a preguntar.
Muchas castañas después ( :O) un abrazo, flaco ) me atreví a preguntar mirándole fijamente a los ojos: "¿Qué has dicho?"
El, con los ojos brillantes y su hablar cerrado, muy sereno, volvió a repetir lo que ninguno de nosotros se atrevía a pensar: "Vamos a construir aquí una casa para peregrinos" y, añadió: "¿Me vais a ayudar o no?"
Aquéllo, de repente fue un torbellino de palabras. Todas las que no podíamos articular hasta entonces, se agolpaban ahora en nuetras gargantas: "¿Qué podemos hacer? ¿Aquí, ahora? ¿Puedo ayudar? ¿Cómo se hace eso?"
Aquél hombre se levantó y desapareció tras una vieja cortina en lo que parecía un pequeño cuarto en un extremo de la carpa. En pocos minutos, apareció con las enormes manazas llenas de rollos de papel que, con gesto orgulloso, no tardó ni diez segundos en desplegar cuidadosamente sobre la mesa, extendiéndolos y apoyando unas olorosas manzanas en cada uno de los ángulos.
Ante nuestros ojos ávidos y asombrados, apareció todo un sinnúmero de dibujos de frente, de perfil, en secciones, de escorzo y de cuantas maneras podráis imaginaros de lo que parecía ser un edificio de un par de alturas, las paredes de piedra, los tejados de madera, difícil de definir con palabras normales, pero que desprendía un halo de calidez, una belleza inmaterial que nos atrapó desde el primer instante y del que no podíamos levantar la mirada.
"¿Qué es ésto?" preguntó alguien resumiento lo que todos nosotros queríamos decir y no acertábamos a ello.
"Esto es un Hospital de Peregrinos, vuestro nuevo Hospital de Peregrinos, y lo vamos a hacer entre todos, si me ayudáis"...
Y paz, mucha paz, tensa paz, acogedora paz. No se necesitaba más, nadie pedía más, éramos afortunados por tener todo aquéllo que necesitábamos.
La estufa, al fondo, crepitaba con un puñado de castañas puestas a asar. Algún osado levantaba sus pies y apoyaba sus botas en el borde de hierro. Un ligero olorcillo a goma quemada se mezclaba con el aroma de las castañas.
El patrón de la casa nos propuso un reto, un precioso y loco reto: vamos a levantar en este lugar una casa para peregrinos... Pasados los primeros minutos de incredulidad y estupor se formó un corro de caras iluminadas por una mezcla de sorpresa y ¿por qué no? de ilusión.
Estaba naciendo un sueño...
... Al principio nadie se atrevía a romper el momento encantado. Nos mirábamos, eludíamos los ojos, mis frías manos empezaron a sudar, nuestros corazones comenzaban a acelerarse, pero nadie decía nada; el torbellino de nuestros pensamientos se podría oir con toda seguridad hasta más allá de la puerta, pero nadie se atrevía a preguntar.
Muchas castañas después ( :O) un abrazo, flaco ) me atreví a preguntar mirándole fijamente a los ojos: "¿Qué has dicho?"
El, con los ojos brillantes y su hablar cerrado, muy sereno, volvió a repetir lo que ninguno de nosotros se atrevía a pensar: "Vamos a construir aquí una casa para peregrinos" y, añadió: "¿Me vais a ayudar o no?"
Aquéllo, de repente fue un torbellino de palabras. Todas las que no podíamos articular hasta entonces, se agolpaban ahora en nuetras gargantas: "¿Qué podemos hacer? ¿Aquí, ahora? ¿Puedo ayudar? ¿Cómo se hace eso?"
Aquél hombre se levantó y desapareció tras una vieja cortina en lo que parecía un pequeño cuarto en un extremo de la carpa. En pocos minutos, apareció con las enormes manazas llenas de rollos de papel que, con gesto orgulloso, no tardó ni diez segundos en desplegar cuidadosamente sobre la mesa, extendiéndolos y apoyando unas olorosas manzanas en cada uno de los ángulos.
Ante nuestros ojos ávidos y asombrados, apareció todo un sinnúmero de dibujos de frente, de perfil, en secciones, de escorzo y de cuantas maneras podráis imaginaros de lo que parecía ser un edificio de un par de alturas, las paredes de piedra, los tejados de madera, difícil de definir con palabras normales, pero que desprendía un halo de calidez, una belleza inmaterial que nos atrapó desde el primer instante y del que no podíamos levantar la mirada.
"¿Qué es ésto?" preguntó alguien resumiento lo que todos nosotros queríamos decir y no acertábamos a ello.
"Esto es un Hospital de Peregrinos, vuestro nuevo Hospital de Peregrinos, y lo vamos a hacer entre todos, si me ayudáis"...
viernes, 4 de diciembre de 2009
Las "volvoretas" de la memoria...
... no dejan de revolotear en torno a mí, ahora que la Hospitalidad se entiende de otra manera, cuando lo que valía para hace un año ya no se va a aplicar más...
¡Cómo cambian las ideas, y qué rápido!
Antes, no hace mucho, las cosas se movían a otro ritmo en este Camino, todo tendía a mejorar, ¿de qué otra forma podría ser?, pero a un paso pausado, a la medida del hombre, sin bandazos ni veleidades...
Cuando yo conocí el Camino, hace más de tres lustros, me encontré con una forma de "Acoger" diferente, inesperada, humilde y generosa...
Casi se podría resumir en un lugar y una familia. Me permito escogerlos como ejemplo porque allí, con ellos, aprendí más de "amor fraternal" que en toda mi vida anteriormente.
Los que me acogieron, me ayudaron en mi caminar, formaban una pequeña familia de cuatro personas: un matrimonio y dos de sus hijas, las más pequeñas... Mari Carmen, Jesús, Agueda y Cecilia.
Mari Carmen era todo dulzura, humildad, siempre dispuesta a ayudar, siempre al pie del cañón... Jesús era y es un ser diferente, una fuerza de la naturaleza, un compendio de sabiduría, fuerza física, resistencia, entrega y amor, mucho amor a los demás... Agueda, toda sonrisa y frescura, alegría incondicional... y Cecilia, una niña encantadora, una esponja que atraía a todo lo que se ponía por delante, ávida de crecer...
Esta familia se ocupaba de los caminantes en un marco singular: una especie de carpa, un antiguo invernadero de flores, una estructura irregular de tubos, alambres y plástico, junto a la iglesia de Santiago, en el mismo Camino, a la entrada de Villafranca del Bierzo.
El milagro se producía en aquélla extraña estructura todos los días. Mientras que Jesús se ocupaba de labrar y cultivar la tierra a unos centenares de metros de allí, su mujer y sus hijas esperaban y atendían a los cansados caminantes que caían por aquéllos parajes, les proporcionaban agua fresca, sombra, una ducha fría y reconfortante, conversación y lo más preciado... compañía.
Al caer la tarde, se formaba la mesa para cenar, la hora importante del día, y por allí pasaban los "panes y peces" diarios de un milagro en forma de alimento, sano y natural, ensalada con productos de la huerta, patatas de la tierra, huevos de las gallinas y fruta, fea pero sana, cuidada y recogida con esmero... cada día, hubiera dos o veinte caminantes, nunca faltó nada para nadie.
Entonces no se pedía nada a cambio... ¿nada? no, no es exacto. Se pedía, si era menester, trabajo, ayuda para mantener aquéllo en pie, cada uno lo que supiera hacer: poner un enchufe, ayudar a cavar una zanja para el pozo séptico, arreglar una litera, fregar, barrer... todo lo necesario para seguir en marcha...
No hacía falta nada más. Siempre era así y siempre sería así. Jesús nos contaba como había crecido a pocos metros de allí, donde su madre siempre mantenía encendido un fuego y un puchero sin fondo, rellenado una y mil veces, siempre a punto, para que el que lo necesitase metiese allí su cuchara y sacase algo de caldo las más de las veces, alguna patata si había suerte, y no digamos un hueso con algo de carne pegado si le tocaba la lotería...
Y él quería que todo siguiese así: cada uno que aportara lo que pudiera y que no faltara de nada...
Hoy las cosas han cambiado, mucho. Allí también, para ellos también.
Pero lo que no se debería olvidar ni cambiar nunca es la disposición de estar a pie de Camino, siempre, más cuando había poca gente o nadie que cuando el Camino rebosaba de caminantes y de visitas curiosas, con lluvia, frío, viento, hielo y nieve... entonces más, porque si alguien lo necesitaba, lo necesitaba más, si alguien tenía hambre, tenía más hambre porque no había adónde acudir.
Ahora parece que las cosas se ven de otra manera, los criterios son diferentes, se calcula más y se sustituye la dureza del servicio a los demás por el estudio detallado y frío de las estadísticas. Está bien, el Camino se lo pierde...
Pero yo quiero recordar a gentes como aquéllas que nos enseñaban "amor" a raudales, y creer que su trabajo no fue en vano y que alguna vez, en algún lugar, lograremos revivir ese espíritu y esas formas...
Y ahora, dejemos que las "volvoretas", más sosegadas, sigan revoloteando sobre nuestras cabezas...
¡Cómo cambian las ideas, y qué rápido!
Antes, no hace mucho, las cosas se movían a otro ritmo en este Camino, todo tendía a mejorar, ¿de qué otra forma podría ser?, pero a un paso pausado, a la medida del hombre, sin bandazos ni veleidades...
Cuando yo conocí el Camino, hace más de tres lustros, me encontré con una forma de "Acoger" diferente, inesperada, humilde y generosa...
Casi se podría resumir en un lugar y una familia. Me permito escogerlos como ejemplo porque allí, con ellos, aprendí más de "amor fraternal" que en toda mi vida anteriormente.
Los que me acogieron, me ayudaron en mi caminar, formaban una pequeña familia de cuatro personas: un matrimonio y dos de sus hijas, las más pequeñas... Mari Carmen, Jesús, Agueda y Cecilia.
Mari Carmen era todo dulzura, humildad, siempre dispuesta a ayudar, siempre al pie del cañón... Jesús era y es un ser diferente, una fuerza de la naturaleza, un compendio de sabiduría, fuerza física, resistencia, entrega y amor, mucho amor a los demás... Agueda, toda sonrisa y frescura, alegría incondicional... y Cecilia, una niña encantadora, una esponja que atraía a todo lo que se ponía por delante, ávida de crecer...
Esta familia se ocupaba de los caminantes en un marco singular: una especie de carpa, un antiguo invernadero de flores, una estructura irregular de tubos, alambres y plástico, junto a la iglesia de Santiago, en el mismo Camino, a la entrada de Villafranca del Bierzo.
El milagro se producía en aquélla extraña estructura todos los días. Mientras que Jesús se ocupaba de labrar y cultivar la tierra a unos centenares de metros de allí, su mujer y sus hijas esperaban y atendían a los cansados caminantes que caían por aquéllos parajes, les proporcionaban agua fresca, sombra, una ducha fría y reconfortante, conversación y lo más preciado... compañía.
Al caer la tarde, se formaba la mesa para cenar, la hora importante del día, y por allí pasaban los "panes y peces" diarios de un milagro en forma de alimento, sano y natural, ensalada con productos de la huerta, patatas de la tierra, huevos de las gallinas y fruta, fea pero sana, cuidada y recogida con esmero... cada día, hubiera dos o veinte caminantes, nunca faltó nada para nadie.
Entonces no se pedía nada a cambio... ¿nada? no, no es exacto. Se pedía, si era menester, trabajo, ayuda para mantener aquéllo en pie, cada uno lo que supiera hacer: poner un enchufe, ayudar a cavar una zanja para el pozo séptico, arreglar una litera, fregar, barrer... todo lo necesario para seguir en marcha...
No hacía falta nada más. Siempre era así y siempre sería así. Jesús nos contaba como había crecido a pocos metros de allí, donde su madre siempre mantenía encendido un fuego y un puchero sin fondo, rellenado una y mil veces, siempre a punto, para que el que lo necesitase metiese allí su cuchara y sacase algo de caldo las más de las veces, alguna patata si había suerte, y no digamos un hueso con algo de carne pegado si le tocaba la lotería...
Y él quería que todo siguiese así: cada uno que aportara lo que pudiera y que no faltara de nada...
Hoy las cosas han cambiado, mucho. Allí también, para ellos también.
Pero lo que no se debería olvidar ni cambiar nunca es la disposición de estar a pie de Camino, siempre, más cuando había poca gente o nadie que cuando el Camino rebosaba de caminantes y de visitas curiosas, con lluvia, frío, viento, hielo y nieve... entonces más, porque si alguien lo necesitaba, lo necesitaba más, si alguien tenía hambre, tenía más hambre porque no había adónde acudir.
Ahora parece que las cosas se ven de otra manera, los criterios son diferentes, se calcula más y se sustituye la dureza del servicio a los demás por el estudio detallado y frío de las estadísticas. Está bien, el Camino se lo pierde...
Pero yo quiero recordar a gentes como aquéllas que nos enseñaban "amor" a raudales, y creer que su trabajo no fue en vano y que alguna vez, en algún lugar, lograremos revivir ese espíritu y esas formas...
Y ahora, dejemos que las "volvoretas", más sosegadas, sigan revoloteando sobre nuestras cabezas...
jueves, 3 de diciembre de 2009
De nieve y... soledad
Esto escribí el 1 de diciembre de 2004 (ya ha llovido).
Este es un día cualquiera en casa de Tomás:
Esta mañana esta nevando en Manjarín. El invierno asoma con toda su realidad. Ventisca, niebla, frío, humedad... y soledad. Eso es la montaña en este principio de diciembre. Camino en estado puro.
Allá arriba, la hospitalidad sigue tan fuerte como siempre. Solamente subían media docena de peregrinos, pero se han ido juntando alrededor de la estufa. Un café caliente y conversación. Los perros hechos un ovillo a los piés de la estufa.
Allí se respira Amor, camaradería, todo eso que nos enriquece y que tanto añoramos en la vida diaria, allí se regala a espuertas, sobriamente, seriamente, pero con el corazón a flor de piel.
Es admirable que persistan en pie lugares como este, en estos momentos en los que se cuestionan tantas cosas, en los que muchas puertas se cierran ante la escasez de ingresos (atención a este tema, hay muchas sorpresas en este Camino sobre hospitalidad y disponibilidad, y no siempre las cosas son como parecen a primera vista). Aquí siempre, y en estos días duros más que nunca, se encuentra un remanso de paz y de hospitalidad descarnada, despojada de todo adorno, en su estado más puro.
Que nadie espere encontrar ninguna comodidad, esto sólo es útil, útil para recomponer el cuerpo maltrecho y el alma cansada, sólo eso.
Allí seguían cuando les dejé, como siempre, firmes, ayudando, atendiendo a todo aquél que lo necesita y lo requiera, dando ejemplo.
Muchos de vosotros os echaréis al Camino estos próximos días, simplemente precaución, el tiempo ya está difícil, abrigaros bien pues puede haber alguna pequeña sorpresa, y buen camino a todos.
Ah, el roble estaba precioso, majestuoso frente a la niebla, tan acogedor como siempre.
Este es un día cualquiera en casa de Tomás:
Esta mañana esta nevando en Manjarín. El invierno asoma con toda su realidad. Ventisca, niebla, frío, humedad... y soledad. Eso es la montaña en este principio de diciembre. Camino en estado puro.
Allá arriba, la hospitalidad sigue tan fuerte como siempre. Solamente subían media docena de peregrinos, pero se han ido juntando alrededor de la estufa. Un café caliente y conversación. Los perros hechos un ovillo a los piés de la estufa.
Allí se respira Amor, camaradería, todo eso que nos enriquece y que tanto añoramos en la vida diaria, allí se regala a espuertas, sobriamente, seriamente, pero con el corazón a flor de piel.
Es admirable que persistan en pie lugares como este, en estos momentos en los que se cuestionan tantas cosas, en los que muchas puertas se cierran ante la escasez de ingresos (atención a este tema, hay muchas sorpresas en este Camino sobre hospitalidad y disponibilidad, y no siempre las cosas son como parecen a primera vista). Aquí siempre, y en estos días duros más que nunca, se encuentra un remanso de paz y de hospitalidad descarnada, despojada de todo adorno, en su estado más puro.
Que nadie espere encontrar ninguna comodidad, esto sólo es útil, útil para recomponer el cuerpo maltrecho y el alma cansada, sólo eso.
Allí seguían cuando les dejé, como siempre, firmes, ayudando, atendiendo a todo aquél que lo necesita y lo requiera, dando ejemplo.
Muchos de vosotros os echaréis al Camino estos próximos días, simplemente precaución, el tiempo ya está difícil, abrigaros bien pues puede haber alguna pequeña sorpresa, y buen camino a todos.
Ah, el roble estaba precioso, majestuoso frente a la niebla, tan acogedor como siempre.
De locos... muy cuerdos
Tomás es un hombre bueno. Con todo lo que eso implica: hombre con su presente, con su pasado, con sus hechos, con sus locuras, con su sencillez y su complejidad, con sus ilusiones y sus manías, un hombre, en suma, como todos nosotros; y bueno, porque bueno es aquél que vive la mayor parte de su vida para los demás, sencillamente.
¿Templario? ¿A estas alturas? Pues probablemente sean momentos en los que el ideal templario pudiera tener carta de naturaleza y vigencia, más que nunca.
¿El último? ¡Hombre, una simplificación muy llamativa, pero, ¿por qué negarle a una persona como él ese título que no dejan de ser dos palabras unidas por algo menos que engrudo?
Así pues, Tomás, orgulloso, firme y aparentemente indestructible, un buen hombre que ayuda a los demás y mantiene enarbolada una bandera de sencillez, de servicio, una gota de rebeldía y libertad, unos gramos de cordura, en este mundo absolutamente abonado a la locura, la zafiedad y la hipocresía.
Mi más rendido tributo de admiración y agradecimiento a Tomás y a sus ayudantes, Paco y compañía.
De viejos papeles extraviados, nunca olvidados, brota este sencillo agradecimiento:
Manjarín es distinto, ya lo sabemos.
Distinto porque no da buen a pinta ¿o si?
Diferente porque allí se mira de frente y no se anda con rodeos: se da lo que se tiene, porque todo el mundo es bien recibido siempre que vaya por derecho y noblemente ¿o no?
Desde luego es diferente porque no se aceptan diferencias, se pide por todo el mundo, se recuerda cada día a las gentes oprimidas de todo el mundo, a los que luchan por su supervivencia y por su libertad ¿o no?
También se diferencia del resto porque en ese lugar las formas superficiales no tienen importancia, no hay platos nuevos, se come lo que se encuentra, pero no falta de nada, porque allí se produce diariamente el milagro de los panes y los peces, porque allí se descansa y se calienta uno al amor de una estufa de leña, porque allí las miradas son más limpias, porque la sonrisa es moneda de cambio, porque no hay luces que nos impidan ver la Luz en cada acto...
Y aún negamos el derecho a existir a personas que mantienen ese remanso de Paz... desde luego este mundo va mal, muy mal.
Bueno, pues el que no entienda ésto lo tiene muy fácil, continúe su camino, mire hacia la izquierda, no se detenga un sólo segundo no vaya a contaminarse de Autenticidad, de Sencillez, de Verdad, que eso es muy, pero que muy malo.
Bendita locura, venga de donde venga, llámese como se llame, con capa o sin capa.
Gracias Tomás, gracias Paco, gracias a todos los sin nombre, pero con Amor.
Manjarín vive, vaya si vive, y vivirá, podemos estar seguros.
Benditos locos.
¿Templario? ¿A estas alturas? Pues probablemente sean momentos en los que el ideal templario pudiera tener carta de naturaleza y vigencia, más que nunca.
¿El último? ¡Hombre, una simplificación muy llamativa, pero, ¿por qué negarle a una persona como él ese título que no dejan de ser dos palabras unidas por algo menos que engrudo?
Así pues, Tomás, orgulloso, firme y aparentemente indestructible, un buen hombre que ayuda a los demás y mantiene enarbolada una bandera de sencillez, de servicio, una gota de rebeldía y libertad, unos gramos de cordura, en este mundo absolutamente abonado a la locura, la zafiedad y la hipocresía.
Mi más rendido tributo de admiración y agradecimiento a Tomás y a sus ayudantes, Paco y compañía.
De viejos papeles extraviados, nunca olvidados, brota este sencillo agradecimiento:
Manjarín es distinto, ya lo sabemos.
Distinto porque no da buen a pinta ¿o si?
Diferente porque allí se mira de frente y no se anda con rodeos: se da lo que se tiene, porque todo el mundo es bien recibido siempre que vaya por derecho y noblemente ¿o no?
Desde luego es diferente porque no se aceptan diferencias, se pide por todo el mundo, se recuerda cada día a las gentes oprimidas de todo el mundo, a los que luchan por su supervivencia y por su libertad ¿o no?
También se diferencia del resto porque en ese lugar las formas superficiales no tienen importancia, no hay platos nuevos, se come lo que se encuentra, pero no falta de nada, porque allí se produce diariamente el milagro de los panes y los peces, porque allí se descansa y se calienta uno al amor de una estufa de leña, porque allí las miradas son más limpias, porque la sonrisa es moneda de cambio, porque no hay luces que nos impidan ver la Luz en cada acto...
Y aún negamos el derecho a existir a personas que mantienen ese remanso de Paz... desde luego este mundo va mal, muy mal.
Bueno, pues el que no entienda ésto lo tiene muy fácil, continúe su camino, mire hacia la izquierda, no se detenga un sólo segundo no vaya a contaminarse de Autenticidad, de Sencillez, de Verdad, que eso es muy, pero que muy malo.
Bendita locura, venga de donde venga, llámese como se llame, con capa o sin capa.
Gracias Tomás, gracias Paco, gracias a todos los sin nombre, pero con Amor.
Manjarín vive, vaya si vive, y vivirá, podemos estar seguros.
Benditos locos.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
El Camino iniciático...
Soplan vientos materiales sobre el Camino. Algunos nos quejamos, entre nosotros, de la excesiva inmediatez, materialidad, que se respira, de la falta de un mínimo de trascendencia, de mirar un poco más allá de solucionar el tema del descanso, la comida y los kilómetros más o menos.
Evidentemente, los tiempos son los que son, pero este Camino, todos los que nos involucramos en él, se merecen un punto más de... ¿espiritualidad, trascendencia? No sé, llamadlo como queráis, pero no estamos hablando de una simple ruta de senderismo, de una moda efímera, de un negocio floreciente ni de un pretexto para que politicastros sin más horizonte medren a sus anchas...
Creo que estaréis de acuerdo en que todo eso se queda cojo si no le añadimos un componente más intangible, un impulso menos cuantificable, pero evidente, sea el que sea, un ansia diferente de aprender, de ir más allá de nuestro quehacer diario, de búsqueda interior y exterior... de "iniciar" un nuevo sendero para nosotros y nuestras vidas.
Y es aquí donde nace la vía de la inciación, profunda o ligera, pero inciación al fin y al cabo. Perdamos pues el miedo a ese "palabro" tan inquietante y lancémonos a buscar salidas a nuestras inquietudes...
De viejos papeles extraviados, nunca olvidados, se escapa esta idea un tanto "peregrina" de un Camino ¿iniciático?
"Son infinitas las interpretaciones que se hacen de la Ruta Sagrada que nos lleva al confín de Occidente, al "Fin de la Tierra", nuestro Camino a Santiago.
Dependiendo de las ideas imperantes en cada época, del origen de losperegrinos, de la íntima motivación que los impulsó a emprender su peregrinación, cada uno de ellos da una interpretación diferente a su experiencia. Todos nosotros podemos dar constancia de la diversidad de opiniones que mantienen los peregrinos y cómo, en algunas ocasiones, hablando entre unos y otros, nos asalta la duda de si estaremos hablando del mismo lugar, o incluso del mismo tema.
Y ésto es así porque hay un Camino para cada Peregrino. Y es precisamente esta enriquecedora diversidad la que debe animarnos a compartir con los demás nuestras experiencias personales, para poder obtener entre todos el mayor provecho posible a nuestro esfuerzo.
Animado con esta perspectiva, os propongo una humilde interpretación fruto de mi experiencia de caminante: el Camino como "regalo inciático".
Tradicionalmente se contemplan en todas las iniciaciones tres etapas imprescindibles: una primera etapa de aprendizaje, de adoctrinamiento, a lo largo de la cual se suceden una serie de pruebas que forman parte de la formación misma, y que una vez superadas con éxito, nos conducen a la segunda etapa: la muerte iniciática, interpretada como disponibilidad al abandono de todo lo que significa el hombre anterior, y que, una vez superada, nos lleva a una tercera etapa de resurrección y plenitud, a una existencia nueva encarnada en un hombre nuevo.
Sea cual sea la tradición o el tiempo al que nos remontemos, estas tres constantes se mantienen como eje fundamental en toda iniciación. Así, las encontramos en las tradiciones orientales, en el Islam, en Norteamérica, en Sudamérica, en la tradición y los ritos de los habitantes de la Amazonia, del interior de Africa o de Australia, y, por supuesto, en la Tradición cristiana.
Todas estas tradiciones nos hablan de que el hombre que inicia el Sendero debe adquirir el saber necesario para recorrerlo, debe después pasar por sucesivas pruebas hasta llegar ala prueba suprema de la muerte al ser anterior, y sólo si consigue superarlas y está preparado para ello, accederá al ser nuevo, a la iluminación.
Pues bien, estas tres grandes etapas de evolución las encontramos en la peregrinación a Compostela. El peregrino se sitúa en los Pirineos con toda su carga de incertidumbre, ilusión, temor, dudas y esperanzas acumuladas en su espalda, y se lanza al Camino donde le espera, sonriente, y amable, Navarra, después La Rioja, y van transcurriendo los días acumulando experiencias y conocimiento, como el alumno al principio del curso que va adquiriendo seguridad a medida que va superando las evaluaciones. Si se ha caminado atento, si se ha aprendido la lección, día a día, podrá enfrentarse a lo que va a venir...
Esta etapa nos conduce hasta las puertas del Santuario de San Juan de Ortega, ya en la provincia de Burgos, donde el Camino cambia de signo. No en vano, la muerte ya está al acecho y nos espera,como nos indica la presencia del sepulcro del Santo constructor, al borde mismo del Camino.
A partir de aquí, las pruebas que esperan al caminante van aumentando en dureza. Tendrá la sensación de ir descendiendo al fondo de un pozo, cuya travesía debe efectuar sin más horizonte que la línea plana del cielo y la inmensidad dela tierra.
Es el momento de la soledad, del abandono, de hacer balance de lo pasado, y de enfrentarse a la gran decisión de dejarlo todo todo atrás y preparar el gran salto.
Las tierras de León le recibirán y le conducirán hacia la otra orilla del pozo, una vez traspasados los montes de Astorga, dejando atrás el Valle del Silencio, a través del Bierzo, donde ya se esboza la sonrisa y la esperanza.
Comienza entonces la última etapa, la etapa de resurrección y de plenitud, que pondrá al peregrino, atravesando las tierras gallegas, investido de su nuevo ropaje y reencarnado en un hombre nuevo, cara a cara con la Gloria, en Compostela y, unos pasos más allá, frente al Fin de la Tierra, el principio de una nueva existencia...
Por tanto, nos encontramos ante una experiencia de iniciación que cumple con todos y cada uno de los pasos requeridos. Y, además, está aquí, al lado, al alcance de casi todos, sin tener que marchar a las Cruzadas, sin tener que abandonar las tareas del mundo e ingresar en una orden monástica, sin necesidad de vender la hacienda y distribuírla entre los pobres, sin requerir recluírse en una cueva del desierto como un eremita...
Solamente hay que querer, atreverse y poder. Es un gran regalo para el hombre actual, aquí y ahora.
El Camino siempre está ahí, esperándonos. Es un gran "regalo inicIático".
Evidentemente, los tiempos son los que son, pero este Camino, todos los que nos involucramos en él, se merecen un punto más de... ¿espiritualidad, trascendencia? No sé, llamadlo como queráis, pero no estamos hablando de una simple ruta de senderismo, de una moda efímera, de un negocio floreciente ni de un pretexto para que politicastros sin más horizonte medren a sus anchas...
Creo que estaréis de acuerdo en que todo eso se queda cojo si no le añadimos un componente más intangible, un impulso menos cuantificable, pero evidente, sea el que sea, un ansia diferente de aprender, de ir más allá de nuestro quehacer diario, de búsqueda interior y exterior... de "iniciar" un nuevo sendero para nosotros y nuestras vidas.
Y es aquí donde nace la vía de la inciación, profunda o ligera, pero inciación al fin y al cabo. Perdamos pues el miedo a ese "palabro" tan inquietante y lancémonos a buscar salidas a nuestras inquietudes...
De viejos papeles extraviados, nunca olvidados, se escapa esta idea un tanto "peregrina" de un Camino ¿iniciático?
"Son infinitas las interpretaciones que se hacen de la Ruta Sagrada que nos lleva al confín de Occidente, al "Fin de la Tierra", nuestro Camino a Santiago.
Dependiendo de las ideas imperantes en cada época, del origen de losperegrinos, de la íntima motivación que los impulsó a emprender su peregrinación, cada uno de ellos da una interpretación diferente a su experiencia. Todos nosotros podemos dar constancia de la diversidad de opiniones que mantienen los peregrinos y cómo, en algunas ocasiones, hablando entre unos y otros, nos asalta la duda de si estaremos hablando del mismo lugar, o incluso del mismo tema.
Y ésto es así porque hay un Camino para cada Peregrino. Y es precisamente esta enriquecedora diversidad la que debe animarnos a compartir con los demás nuestras experiencias personales, para poder obtener entre todos el mayor provecho posible a nuestro esfuerzo.
Animado con esta perspectiva, os propongo una humilde interpretación fruto de mi experiencia de caminante: el Camino como "regalo inciático".
Tradicionalmente se contemplan en todas las iniciaciones tres etapas imprescindibles: una primera etapa de aprendizaje, de adoctrinamiento, a lo largo de la cual se suceden una serie de pruebas que forman parte de la formación misma, y que una vez superadas con éxito, nos conducen a la segunda etapa: la muerte iniciática, interpretada como disponibilidad al abandono de todo lo que significa el hombre anterior, y que, una vez superada, nos lleva a una tercera etapa de resurrección y plenitud, a una existencia nueva encarnada en un hombre nuevo.
Sea cual sea la tradición o el tiempo al que nos remontemos, estas tres constantes se mantienen como eje fundamental en toda iniciación. Así, las encontramos en las tradiciones orientales, en el Islam, en Norteamérica, en Sudamérica, en la tradición y los ritos de los habitantes de la Amazonia, del interior de Africa o de Australia, y, por supuesto, en la Tradición cristiana.
Todas estas tradiciones nos hablan de que el hombre que inicia el Sendero debe adquirir el saber necesario para recorrerlo, debe después pasar por sucesivas pruebas hasta llegar ala prueba suprema de la muerte al ser anterior, y sólo si consigue superarlas y está preparado para ello, accederá al ser nuevo, a la iluminación.
Pues bien, estas tres grandes etapas de evolución las encontramos en la peregrinación a Compostela. El peregrino se sitúa en los Pirineos con toda su carga de incertidumbre, ilusión, temor, dudas y esperanzas acumuladas en su espalda, y se lanza al Camino donde le espera, sonriente, y amable, Navarra, después La Rioja, y van transcurriendo los días acumulando experiencias y conocimiento, como el alumno al principio del curso que va adquiriendo seguridad a medida que va superando las evaluaciones. Si se ha caminado atento, si se ha aprendido la lección, día a día, podrá enfrentarse a lo que va a venir...
Esta etapa nos conduce hasta las puertas del Santuario de San Juan de Ortega, ya en la provincia de Burgos, donde el Camino cambia de signo. No en vano, la muerte ya está al acecho y nos espera,como nos indica la presencia del sepulcro del Santo constructor, al borde mismo del Camino.
A partir de aquí, las pruebas que esperan al caminante van aumentando en dureza. Tendrá la sensación de ir descendiendo al fondo de un pozo, cuya travesía debe efectuar sin más horizonte que la línea plana del cielo y la inmensidad dela tierra.
Es el momento de la soledad, del abandono, de hacer balance de lo pasado, y de enfrentarse a la gran decisión de dejarlo todo todo atrás y preparar el gran salto.
Las tierras de León le recibirán y le conducirán hacia la otra orilla del pozo, una vez traspasados los montes de Astorga, dejando atrás el Valle del Silencio, a través del Bierzo, donde ya se esboza la sonrisa y la esperanza.
Comienza entonces la última etapa, la etapa de resurrección y de plenitud, que pondrá al peregrino, atravesando las tierras gallegas, investido de su nuevo ropaje y reencarnado en un hombre nuevo, cara a cara con la Gloria, en Compostela y, unos pasos más allá, frente al Fin de la Tierra, el principio de una nueva existencia...
Por tanto, nos encontramos ante una experiencia de iniciación que cumple con todos y cada uno de los pasos requeridos. Y, además, está aquí, al lado, al alcance de casi todos, sin tener que marchar a las Cruzadas, sin tener que abandonar las tareas del mundo e ingresar en una orden monástica, sin necesidad de vender la hacienda y distribuírla entre los pobres, sin requerir recluírse en una cueva del desierto como un eremita...
Solamente hay que querer, atreverse y poder. Es un gran regalo para el hombre actual, aquí y ahora.
El Camino siempre está ahí, esperándonos. Es un gran "regalo inicIático".
martes, 1 de diciembre de 2009
Debo partir hacia algún lugar...
Esta es la transcripción de las palabras que acompañan a un Video. Su autora es Edith Checa. No se trata de un copio y pego... es un trabajo de transcripción palabra a palabra... el contenido lo merecía. Es mi hora mejor gastada de los últimos tiempos. Disfrutadla si es vuestro gusto...
"Un peregrino me dijo una vez que el Camino de Santiago es como la propia vida: tal y como te enfrentas a él. así te enfrentas a tu vida.
Pronto comprendí que era verdad, que el Camino ofrece la posibilidad de conocerse a fondo...
Tienes tiempo para reflexionar sobre la propia existencia, sobre la vida y la muerte.
Iba llena de ilusión; la Naturaleza me ofrecía todo lo deseable: aromas extasiadores, trinos de pájaros, aldeas preciosas, árboles, bosques, ríos, cementerios recoletos y silenciosos donde no da miedo que te entierren, corredoiras sombreadas donde refrescarse, donde a la luz le dan permiso de entrada, y entra, y juega entre las sombras para que sonrías, para que contemples y medites sobre la Creación, sobre el creador, sea quien sea, se llame como se llame, esté donde esté...
... y es cuando encuentras lugares creados por el hombre para rezar... y rezas, al creador, y a la Madre Naturaleza, por tí y los tuyos, por todos... y te sientes feliz porque has logrado llegar al lugar exacto donde deseabas llegar.
El nuevo día te hace reflexionar sobre la anterior jornada vivida, y las que te quedan por vivir, y te preguntas: ¿Cómo me he enfrentado al Camino en el día de ayer? y te reconoces en el Camino como en la vida, tal y como te enfrentaste al principio de tu propia vida, con alegría, con ingenuidad, incluso con un poco de miedo quizás al no saber tus limitaciones, pero con tanta ilusión que nada parece que vaya a fallarte...
Cuando la jornada se hace pesada, larga y dura, cuando comienzas a sentir el cansancio real, el dolor real de tu cuerpo por el esfuerzo, y logras llegar a un sitio donde dormir, donde darte una ducha, aunque sea escasa y fría, es cuando te das cuenta de lo poco que hace falta para ser feliz...
El Camino de Santiago podría llamarse también el Camino de los Cementerios. Cada aldea por donde cruzas tiene el suyo, por lo que no puedes dejar de pensar en la Vida y en la Muerte. Te preguntas por qué estamos aquí y por qué tenemos que morir, al menor por qué morir cuando aún no ha llegado la vejez, y puedes llegar a conclusiones como que después de esta Vida tiene que haber algo más.
En la Naturaleza, en el Universo, nada se destruye ni desaparece, sólo se transforma. ¿Por qué dudar entonces en si nos convertiremos en NADA, o nos transformaremos en ALGO?...
Pero tenemos miedo, y estamos muy agotados; a veces sentimos que el Camino es un Calvario, y que no podrás llegar al destino...
Pero, por fin, la contemplación, el silencio interior, hacen que consigas reflexionar y que algo que escribiste hace tiempo, se cumpla :
"Debo partir hacia algún lugar, donde la intensidad de esta luz de amapolas y trigo no me inunde de sueños inalcanzables y enarbole quimeras que luego son llagas que lloran encuentros inasibles...
Debo partir hacia algún lugar donde el rumor de oleaje del dios azul no me cante con voz de lluvia y ronca tormenta, y me embelese con su dulce balanceo de vals enamorado...
Debo partir hacia algún lugar donde el juego y el ritual de la Naturaleza apasionada no me invada del aroma de unos besos, que luego serán pompas de jabón efímeras en mi aire solitario...
Debo partir hacia algún lugar de umbría fresca, donde sólo me rodee el silencio y el tiempo enamorado, un lugar recóndito donde la vida transcurra sin avisos ni señales equívocas...
Debo partir, debo partir... hacia dentro..."
En el Camino, podemos hacer muchos amigos, pero también podemos perder al que va con nosotros.
Es hora de soltar amarras y de navegar solos... y lo haces. Es cuando te das cuenta que antes, acompañado, estabas más solo que ahora que estás solo...
Otras veces, encuentras amigos que pudiste tener, pero se quedaron en el Camino, murieron en él, ya no te cruzarás con ellos, ya no te alcanzarán o les alcanzarás... Aún así, al pasar junto a sus botas, le dices en voz alta: ¡Buen Camino!
Durante días te has sentido lejos del hogar, pero ahora te das cuenta de que tu hogar está donde tú estás, y de que lo has llevado a cuestas como el caracol lleva su casa a todos lados...
Entonces, sabiéndote tu propio hogar, te sientes feliz... y casi cores para llegar al destino...
Y llega la hora... estás muy cerca; el dolor y la fatiga son casi insoportables, pero estás en la Ciudad, has llegado a Santiago. Te habrías quedado para siempre en la Naturaleza, pero esta es tu realidad, y estás aquí para cumplirla.
El sueño cumplido se materializa en esta Ciudad, en sus gentes, en el Apóstol al que visitas aunque tengas que esperar colas... Ya nada te molesta y si te molesta aguantas, las colas, el frío, el cansancio, los dolores, la aglomeración en la iglesia...
... estás exhausto, pero feliz. Vas a abrazar al Santo Apóstol, y llevas colgadas el pecho una concha por cada uno de tus seres queridos. Y sobre todo llevas tu concha, la que has tocado todo el tiempo, para que te diera fuerzas y no desfallecer...
Ahora paseas. Te regocijas en tu proeza porque para tí, dadas tus circunstancias, lo ha sido. Y reflexionas sobre cómo te has enfrentado al Camino, porque así sabes cómo te enfrentas cada día a tu Vida, o cómo debes enfrentarte para conseguir lo que deseas de corazón...
Y te das cuenta de que tienes fuerza de voluntad, amor a la Naturaleza, Amor al prójimo, amor a tí mismo... tesón, fe, ilusión, esperanza... y que con ese cóctel, puedes llegar a donde te propongas...
Te has dado cuenta de que puedes crear tu hogar con las cuatro cosas que llevas en tu macuto... y sabes que, cuando llegues a casa, todo te parecerá excesivo y superfluo... aunque no lo desecharás, todo lo contrario: disfrutarás de tu ducha, que antes te parecía que echaba poca agua; de tu cama, que antes te parecía pequeña; de tus muebles, que antes te parecían pasados de moda e incómodos; de tu familia, que antes sentías que te incordiaba, y ahora los amas con toda tu alma...
Y estarás entonces deseando irte y abrazarlos, comenzar tu vida de nuevo, porque hay un antes y un después del Camino... y te haces propósitos: Cuando llegue a casa... pero, ya estoy en casa... soy yo, mi casa...
Gracias, Edith Checa, por leernos tan bien y por poner palabras a tantos sentimientos, gracias.
"Un peregrino me dijo una vez que el Camino de Santiago es como la propia vida: tal y como te enfrentas a él. así te enfrentas a tu vida.
Pronto comprendí que era verdad, que el Camino ofrece la posibilidad de conocerse a fondo...
Tienes tiempo para reflexionar sobre la propia existencia, sobre la vida y la muerte.
Iba llena de ilusión; la Naturaleza me ofrecía todo lo deseable: aromas extasiadores, trinos de pájaros, aldeas preciosas, árboles, bosques, ríos, cementerios recoletos y silenciosos donde no da miedo que te entierren, corredoiras sombreadas donde refrescarse, donde a la luz le dan permiso de entrada, y entra, y juega entre las sombras para que sonrías, para que contemples y medites sobre la Creación, sobre el creador, sea quien sea, se llame como se llame, esté donde esté...
... y es cuando encuentras lugares creados por el hombre para rezar... y rezas, al creador, y a la Madre Naturaleza, por tí y los tuyos, por todos... y te sientes feliz porque has logrado llegar al lugar exacto donde deseabas llegar.
El nuevo día te hace reflexionar sobre la anterior jornada vivida, y las que te quedan por vivir, y te preguntas: ¿Cómo me he enfrentado al Camino en el día de ayer? y te reconoces en el Camino como en la vida, tal y como te enfrentaste al principio de tu propia vida, con alegría, con ingenuidad, incluso con un poco de miedo quizás al no saber tus limitaciones, pero con tanta ilusión que nada parece que vaya a fallarte...
Cuando la jornada se hace pesada, larga y dura, cuando comienzas a sentir el cansancio real, el dolor real de tu cuerpo por el esfuerzo, y logras llegar a un sitio donde dormir, donde darte una ducha, aunque sea escasa y fría, es cuando te das cuenta de lo poco que hace falta para ser feliz...
El Camino de Santiago podría llamarse también el Camino de los Cementerios. Cada aldea por donde cruzas tiene el suyo, por lo que no puedes dejar de pensar en la Vida y en la Muerte. Te preguntas por qué estamos aquí y por qué tenemos que morir, al menor por qué morir cuando aún no ha llegado la vejez, y puedes llegar a conclusiones como que después de esta Vida tiene que haber algo más.
En la Naturaleza, en el Universo, nada se destruye ni desaparece, sólo se transforma. ¿Por qué dudar entonces en si nos convertiremos en NADA, o nos transformaremos en ALGO?...
Pero tenemos miedo, y estamos muy agotados; a veces sentimos que el Camino es un Calvario, y que no podrás llegar al destino...
Pero, por fin, la contemplación, el silencio interior, hacen que consigas reflexionar y que algo que escribiste hace tiempo, se cumpla :
"Debo partir hacia algún lugar, donde la intensidad de esta luz de amapolas y trigo no me inunde de sueños inalcanzables y enarbole quimeras que luego son llagas que lloran encuentros inasibles...
Debo partir hacia algún lugar donde el rumor de oleaje del dios azul no me cante con voz de lluvia y ronca tormenta, y me embelese con su dulce balanceo de vals enamorado...
Debo partir hacia algún lugar donde el juego y el ritual de la Naturaleza apasionada no me invada del aroma de unos besos, que luego serán pompas de jabón efímeras en mi aire solitario...
Debo partir hacia algún lugar de umbría fresca, donde sólo me rodee el silencio y el tiempo enamorado, un lugar recóndito donde la vida transcurra sin avisos ni señales equívocas...
Debo partir, debo partir... hacia dentro..."
En el Camino, podemos hacer muchos amigos, pero también podemos perder al que va con nosotros.
Es hora de soltar amarras y de navegar solos... y lo haces. Es cuando te das cuenta que antes, acompañado, estabas más solo que ahora que estás solo...
Otras veces, encuentras amigos que pudiste tener, pero se quedaron en el Camino, murieron en él, ya no te cruzarás con ellos, ya no te alcanzarán o les alcanzarás... Aún así, al pasar junto a sus botas, le dices en voz alta: ¡Buen Camino!
Durante días te has sentido lejos del hogar, pero ahora te das cuenta de que tu hogar está donde tú estás, y de que lo has llevado a cuestas como el caracol lleva su casa a todos lados...
Entonces, sabiéndote tu propio hogar, te sientes feliz... y casi cores para llegar al destino...
Y llega la hora... estás muy cerca; el dolor y la fatiga son casi insoportables, pero estás en la Ciudad, has llegado a Santiago. Te habrías quedado para siempre en la Naturaleza, pero esta es tu realidad, y estás aquí para cumplirla.
El sueño cumplido se materializa en esta Ciudad, en sus gentes, en el Apóstol al que visitas aunque tengas que esperar colas... Ya nada te molesta y si te molesta aguantas, las colas, el frío, el cansancio, los dolores, la aglomeración en la iglesia...
... estás exhausto, pero feliz. Vas a abrazar al Santo Apóstol, y llevas colgadas el pecho una concha por cada uno de tus seres queridos. Y sobre todo llevas tu concha, la que has tocado todo el tiempo, para que te diera fuerzas y no desfallecer...
Ahora paseas. Te regocijas en tu proeza porque para tí, dadas tus circunstancias, lo ha sido. Y reflexionas sobre cómo te has enfrentado al Camino, porque así sabes cómo te enfrentas cada día a tu Vida, o cómo debes enfrentarte para conseguir lo que deseas de corazón...
Y te das cuenta de que tienes fuerza de voluntad, amor a la Naturaleza, Amor al prójimo, amor a tí mismo... tesón, fe, ilusión, esperanza... y que con ese cóctel, puedes llegar a donde te propongas...
Te has dado cuenta de que puedes crear tu hogar con las cuatro cosas que llevas en tu macuto... y sabes que, cuando llegues a casa, todo te parecerá excesivo y superfluo... aunque no lo desecharás, todo lo contrario: disfrutarás de tu ducha, que antes te parecía que echaba poca agua; de tu cama, que antes te parecía pequeña; de tus muebles, que antes te parecían pasados de moda e incómodos; de tu familia, que antes sentías que te incordiaba, y ahora los amas con toda tu alma...
Y estarás entonces deseando irte y abrazarlos, comenzar tu vida de nuevo, porque hay un antes y un después del Camino... y te haces propósitos: Cuando llegue a casa... pero, ya estoy en casa... soy yo, mi casa...
Gracias, Edith Checa, por leernos tan bien y por poner palabras a tantos sentimientos, gracias.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)