sábado, 26 de diciembre de 2009

¿Rojo o muy amarillo?

Con frecuencia en el Camino nos encontramos con compañías que en un principio tienen buen aspecto y, más frecuentemente de lo que desearíamos, terminan siendo un verdadero incordio, cuando no un problema, a veces serio.

Supongo que a muchos de vosotros os habrá pasado llegar a un lugar a descansar un rato, tomar algo fresco y descargar un poco la mochila.

Muchas veces, al coincidir con otros caminantes, se entabla un breve diálogo y se intercambian algunas impresiones, casi siempre con la sonrisa fácil y sin mayores pretensiones.

¿He dicho sin mayores pretensiones?

Si, esa es mi intención, pero desconozco la de los demás.

Y nos encontramos en unos minutos comentando con esa persona, de la que no tenemos más referencias que una mochila y un camino, nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras inquietudes personales, nuestro origen y cualquier otra cosa que se nos pasa por la frente.

Esta actitud no es mala en sí misma, pero debemos reflexionar que, a veces, se convierte en molesta y hasta peligrosa.

¿Por qué? Pues porque la actitud interrogante, aparentemente comunicativa de algunas personas, termina por ser una máscara para resolver sus problemas de incomunicación, de soledad, y nosotros, con nuestra actitud abierta sin reparos les proponemos, sin ser nuestra intención, una solución a toda esta problemática.

Luego vienen los problemas.

En sólo unos minutos, nuestro interlocutor conoce con todo detalle dónde vamos a parar a continuación, nuestras intenciones de pernoctar, nuestro estado financiero, y miles de cosas más que, a la primera e ingenuamente le servimos en bandeja.

Consecuencias: cuando vamos a reanudar nuestro camino, ya tenemos a nuestro lado, pegados como sombras, a unas compañías que, en unos casos no son deseadas, en otros, no nos apetecen lo más mínimo, y en algunos, más de los que desearíamos, se nos vuelven incómodas y nos tuercen muchas horas de nuestro Camino, esas precioas horas con las que contábamos para nosotros mismos.

Y ya estamos con los cambios de planes para no coincidir más, y las miradas antes de parar en un sitio para evitar encontrarnos con ellos, y el juego del escondite que tanto distrae del Camino muchas veces...

Aquí se plantea el caso de: Vale más una vez rojo que ciento amarillo.

En estos casos deberíamos actuar rápida y contundentemente.

A nadie le puede parecer mal que se le diga a la primera: Buen camino, camino sol@ y así deseo seguir haciéndolo.

Este simple planteamiento nos puede evitar muchos malos ratos, muchos momentos de incomodidad y, cogido a tiempo, nos evita algunas amarguras y algunas situaciones comprometidas más adelante.

Acostumbramos a aconsejar con cierta alegría a los que nos preguntan: no importa ir solo, cuando lleves unas horas caminando ya estarás rodeado de amigos, no te preocupes.

¡Atención! Esto no son las montañas de Heidi, claro que vamos a conocer muchas buenas gentes, claro que vamos a hacer buenas amistades en nuestro Camino, pero atentos, no todo lo que transita por el Camino son gentes libres, abiertas, maravillosas y encantadoras que nos van a regalar amistad, camaradería, buenos momentos; hay que ir preparado para distinguir el grano de la paja y para evitar que nadie, por un mal entendido espíritu de compañerismo, nos pueda torcer nuestro Camino o llenarlo de dudas y sombras.

He visto demasiados casos de gente huyendo literalmente y escondiéndose en el Camino de otras personas como para tomar esto a la ligera.

Que nada ni nadie os saque de vuestro centro. Es vuestro Camino, disfrutadlo. Y recordad: Vale más una vez rojo que ciento amarillo.

Camino, sólo Camino... creo

El caso es que me apetece hablar de Camino... ¿qué raro no?, si eso ya no se lleva, si lo que ahora nos pone es otra cosa... lo intentaremos.

Tardes grises.

Hay muchas tardes, a lo largo del Camino, en las que todo cambia de color, los contornos se diluyen y la vida parece ralentizarse.

Son esas tardes en las que apetece hacer un pequeño corrillo para comentar las incidencias del día, al arrimo de un brasero o de una buena lumbre, con los ojillos a medio cerrar por la modorra después de una larga caminata.

En esas tardes, suele salir mucho de nuestro inconsciente, compartimos más allá de lo que estamos acostumbrados en nuestra cotidianeidad, es más fácil entreabrir las puertas del alma, mostrar un poco de aquello que tanto nos cuesta compartir, aquello de lo que somos tan celosos.

Suelen ser momentos muy provechosos.

El que más y el que menos saca beneficio de la apertura.

Estas tardes transcuren plácidas, lentas, bellas, y mucho tiempo después recordamos lo conversado, lo vivido, lo reído y hasta lo llorado.

Son Buenas Tardes, sin duda.

Y hay otras tardes, a veces las mismas, en las que no estamos para nada.

El frío exterior nos cala los huesos, nos sentimos incapaces de rozarnos con los demás compañeros de Camino, todo está de punta, nos sentimos agobiados, cansados, el roce de una mirada nos produce una quemadura.

Son esas tardes para olvidar, oportunidades perdidas de vivir y de compartir.

He tenido muchas tardes de las dos clases, las primeras te dan vida, las segundas... te la quitan, poco a poco.

No permitáis que esos momentos bajos os entren muy adentro.

Si expermientáis una de esas tardes, metéos en el saco y dormid... dormid mucho, con rabia, mañana todo habrá cambiado... quizá.

Pero no os dejéis devorar por la melancolía, por el desencanto, por lo gris...

Todos valemos mucho más que eso, ni fuera hace tanto frío ni el lobo es tan feroz como lo pintan.

No permitáis que los fantasmas interiores salgan y os destrocen la preciada semilla de la alegría.

Compartid, haced buena una mala tarde, esa es la tarea y ese es el Camino.

Si ofendísteis, pedid perdón humildemente a todo el mundo.

Y dad las gracias por todos los bienes recibidos, y compartidlos con todos los demás.

Por si esta fuera una de esas tardes grises y frías en las que todo te viene de cara, pido disculpas a todo aquel que se haya sentido mal ni un segundo por algo que yo haya dicho o hecho.

Y, al saco, a dormirla.

Que mañana será otro día y habrá que seguir caminando...

lunes, 21 de diciembre de 2009

De balances, cuentas y... saldos

Uno viene de una formación más o menos clásica. Y por ello, y por haber dedicado una gran parte de su vida laboral al ámbito de las finanzas, no puede resistirse a la inveterada costumbre de, llegado el fin de año, tratar de ajustar las cuentas antes de dar carpetazo al ejercicio vigente.

Así que, como ya tantas veces, se pone a la tarea con la desazonante pero grata impresión de que las cosas siguen... más o menos igual.

Es decir, que la suma de lo recibido (Debe) enfrentada a lo dado (Haber) sigue mostrando un diferencial mareante a favor del primero (Debe). Por lo tanto, el saldo deudor no sólo no ha disminuído, sino que se ha incrementado.

Bien es verdad que el ejercicio actual ha sido un tanto decepcionante, no ha habido ocasión de aportar mucho, bien sabe Dios lo que me duele... pero así ha sido.

De manera que, si tenemos en cuenta el Debe acumulado en tantos años de Camino, apabullantemente mayor que lo devuelto al mismo... seguimos presentando una cuenta con dos lecturas diferentes.

En primer lugar, un Debe recibido y consolidado inmenso, lo cual es positivo, muy positivo. Y un Haber devuelto por uno francamente exiguo, lo que no deja de ser preocupante.

En el Debe recibido, Camino, amistad, amor (Eros), Amor (Ágape), ilusión, esperanza, solidaridad, crecimiento, confianza, alegría... todo a raudales.

En el Haber devuelto, nada que nadie de nosotros no pueda aportar, unas horas de desvelo, unos cuantos peregrinos atendidos, y apenas nada más.

Comprenderéis la magnitud de la diferencia y el compromiso que supone asumir el saldo resultante.

Si miráis en vuestra mochila detenidamente, quizá alguno de vosotros encontraréis algo parecido a lo que he tratado de explicar.

Si es así, alegráos, porque la tarea que os queda por delante es inmensa para tratar de compensar, siquiera en una pequeña parte lo recibido.

Si no fuera de esta manera, alegráos más aún por haber sido capaces de multiplicar ciento por uno lo recibido... los demás os lo agradecerán.

Es tiempo de cuentas, de cerrar sumas, cuadernos y contabilidades.

Que cada uno de vosotros, hechas las cuentas, se aplique a compensar las diferencias...

Y que, al final, siempre nos quede la sensación de que podemos dar más de lo que damos, porque ese será el motor de nuestras acciones para los Ejercicios por llegar.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Construir sueños... ( y 6)

... La obra continuaba a todo trapo. Las paredes iban creciendo, nunca faltaron manos ni talento, muchos peregrinos, al pasar por allí, prometían volver a ayudar, y así se fue construyendo, día tras día: parecía que todo iba a resultar, la Casa iba apareciendo ante nuestros ojos como una isla de paz en medio del mar.

Nunca pensamos que uno de los mayores inconvenientes estuviera dentro de la misma obra, en su propia alma y esencia...

Me estoy refiriendo a la forma de construir. Ya dije antes que nunca se sacaron los planos, se construía siguiendo las consignas y la dirección de aquél que primero soñó la obra, aquél que lo tenía todo en su cabeza. Y aquí vino el problema, inevitablemente.

Se materializó cuando un funcionario de la Junta se presentó para precintar las obras. Asi de claro.

¿Qué había ocurrido? Sencillo.

Lo que se estaba construyendo se parecía como un huevo a una castaña a los planos compulsados por el Colegio de Arquitectos que se había depositado junto con la solicitud de licencia de obras. Donde había un muro, se construyeron dos hermosísimas ventanas góticas... donde debía ir una puerta se hizo un gran portalón capaz de permitir la entrada a una recua de mulas... donde iba un tejado de piedra se tapó con una preciosa celosía de alabastro... y así una tras otra irregularidades.

Nada era como debía ser. Todo se improvisaba y ni la belleza de la obra podía superar las irregularidades.

Fue más costoso convencer al jefe de obras que a la propia Junta. No se podía continuar así, las Normas estaba para cumplirlas, no de adorno.

Buenos disgustos costó el asunto, buenas horas de intercambio de todo, desde intensos diálogos a alguna bronca con salida por pies incluída...

Finalmente se impuso la cordura y se acordó no desmontar nada, sino tapar las preciosas ventanas con piedra nueva sin desmontarlas, por si algún día cambiaban las normas y se imponía la belleza sobre la practicidad.

Y con esos pequeños grandes retoques y el pago de las correspondientes multas por infracciones se pudo obtener el permiso para seguir las obras con el aviso serio de interrupción inmediata y definitiva a la siguiente infracción.

¿Se produciría ésta?

Nos conjuramos para que no ocurriese sabiendo en nuestro fuero interno que tratar de mantener a nuestro maestro dentro de la Norma era tarea tan complicada como contener al océano en una galerna.

Pero lo intentamos y todo siguió...

Por aquél entonces la obra iba bien crecidita, pronto se pudo habilitar el ala este de la Casa y se preparó con esmero la inauguración de la misma.

El comedor nuevo ya lucía en todo su humilde eslendor y lo que nació como un sueño ya se podía tocar...

Uno de los recuerdos que permanecen de aquélla época es el pasmo que causaba a algunos peregrinos el comprobar que, como ellos creían, no se trataba de un edificio en ruinas. Más de una vez alguien nos decía con pena:

"¡Qué bonita casa, lástima que se esté cayendo! ¡Señora, no se está cayendo, la estamos haciendo!" era nuestra respuesta, y lo decíamos llenos de orgullo , pues la Casa era idéntica en material y forma de construcción que la vecina Iglesia del siglo XI...

... y la vida siguió y con ella todos crecimos.

Y creció la casa, esa casa que nunca se acabó, que nunca se acaba, que nunca se acabará ¿acaso se acaban los sueños?

Lo que si hubo fue un lento despertar de muchos de nosotros. Poco a poco otros asuntos, otras vidas, fueron reclamando nuestra atención, y lo que ya estaba en marcha fue dando paso a nuevos caminos, nuevos retos, nuevos proyectos...

Y allí queda el sueño hecho realidad, allí lo podéis contemplar, junto a la iglesia y el cementerio, sobre el castillo y al pie de la gran montaña que lo une con la tierra meiga...

Si teneis ocasión, disfrutadlo. Si no os apetece, pasad a verlo y comprobaréis cómo la ilusión, el impulso de un sueño, el trabajo en común, llegan a hacer milagros...

Y todo ello al borde del Camino, de este Camino vuestro al que amamos como se ama a una cuna, a un hogar, a un sueño...

Gracias por compartir estos momentos, este relato en 6 partes, número redondo que se inicia con un gran impulso y termina con una obra de servicio, con una obra coral llevada a cabo por una comunidad de intenciones...

jueves, 17 de diciembre de 2009

Construir sueños... (5)

... ya estaba iniciada la obra, no había marcha atrás. O eso, al menos creíamos nosotros.

Se acordó empezar a construir por la parte más cercana a la iglesia, por el Este. Era una decisión que venía dada por el interés en hacerlo todo como en la Edad Media, era el mejor principio siguiendo el movimiento del Sol, y por la necesidad de no entorpecer la labor diaria de acogida, mientras ésto fuera posible.

Se empezó a desmontar el terreno y a acumular materiales para la construcción. La piedra saldría, en su mayor parte, de los montes cercanos. Allá que nos íbamos con el tractor y el remolque y día a día una inmensa pila de piedras se fue formando frente a la obra.

La pizarra para el tejado apareció sin más un buen día. Así, como os lo digo, apareció frente al refugio. Un gran camión la descargó ante nuestro asombro y apiló los palés ordenadamente. La enviaba Luis, el amigo y peregrino de Lugo que tantas sobremesas compartía con nosotros en las tardes de invierno.

Unas gestiones muy afortunadas del dueño del lugar nos proporcionaron las vigas de madera para la techumbre. Poco a poco fueron tomando su lugar junto a los demás materiales una ingente cantidad de traviesas de tren, con su olor caracteristico, y unos hermosos postes de teléfonos bien pulidos por la intemperie.

Y se comenzó la construcción en sí. Todas las instrucciones las daba el alma del lugar, era ingeniero, capataz, albañil y paleta, todo en uno. Tenía todo el proyecto en su cabeza y nunca le vi mirar un sólo plano a partir de entonces.

Quizá eso fuera lo que, en el devenir del tiempo, empezara a crear problemas...

Las zanjas comenzaron a ocupar todo el espacio, y quien dice zanjas dice mover la tierra, desenterrar... y eso es lo que empezó a suceder. Comenzaron a encontrarse fragmentos de piedra, de cerámica, clavos herrumbrosos... y más cosas. Se trató todo lo que salía de la tierra con mimo, se apartaba, se limpiaba y se almacenaba aparte. Pero no era suficiente.

Entonces cayó inevitablemente la primera orden de suspensión de las obras. Se alegó que había que investigar a fondo los restos encontrados, que no se podía mover ni una piedra hasta que los expertos no dictaminaran sobre el valor de lo hallado... así hasta un sinfin de argumentos legalistas y poco realistas.

Ante nuestra desolación, hubo que interrumpirlo todo. De nada valieron nuestras promesas de respetar todo lo que se encontrara, de guardarlo y entregarlo. Había que parar. Un soplo frío de deshaliento cubrió nuestras ilusiones.

Pero nada iba a quedar ahí, no nos íbamos a rendir, por el proyecto valía la pena poner toda la carne en el asador y nos conjuramos de nuevo a salvar todos los escollos, todas las dificultades, todas las zancadillas. La Casa se iba a construir, por supuesto...

... Se visitó al delegado de Cultura de la Junta, y resultó ser un asiduo del Camino que había pasado varias noches en el Refugio, enamorado del espíritu que allí había encontrado y de la acogida que había recibido siempre. Se puso de nuestro lado y nos prometió tratar de remover obstáculos para que la idea siguiera adelante.

Así que se levantó la prohibición de construir bajo la promesa de respetar todo lo que se hallara, dar cuenta de ello y estar dispuestos a parar en el momento que apareciera algo realmente importante, y bajo la amenaza de terribles sanciones si no se cumplían estas instrucciones. Todo ello aderezado de un guiño de ojo del consejero y una sonrisa de oreja a oreja al darle un buen apretón de manos.

Y todo siguió, y la tierra empezó a desvelar el pasado...

Y comenzaron a aparecer restos de un asentamiento ya olvidado y abandonado, de lo que tenía todas las trazas de ser una gran construcción anterior dedicada al cuidado de los peregrinos. Se investigó a través de todos los medios (en aquélla época no existía Internet), en todas las bibliotecas, y se encontraron vestigios de todas las edades que indicaban que: "Pasada la Iglesia de Santiago, la primer casa a la izquierda estaba ocupada por un Hospital para Peregrinos en los que nunca faltó agua, sal y paja donde reposar los cansados huesos..."

Este descubrimiento supuso el espaldarazo definitivo a nuestros anhelos, volveríamos a levantar esa Casa y se recuperaría su utilidad de siempre.

Y proseguimos con las obras, apareció una pequeña piscina de piedra donde en la antigüedad se debía lavar a los enfermos, se identificaron sin ninguna duda la antigua entrada al edificio, la cocina con sus restos de piedras calcinadas del hogar, las conducciones de agua, y la tierra nos fue devolviendo uno a uno los recuerdos de un pasado como si fueran notas de una partitura que, una vez recompuesta, nos traería la MUSICA, las voces ancestrales que animaron aquél lugar...

... Los milagros empezaron a fluir: un día había que remover las antiguas duchas y lavabos para continuar la obra; sin problemas, aparecía un peregrino que dominaba el arte de la fontanería y en dos días nos desmontaba todo lo existente y lo trasladaba unos metros más allá...

...Otro día había que levantar la instalación eléctrica para continuar con las obras; ¿quién diríais que se alojaba ese día en el Refugio? pues claro, un experto electricista que no tenía inconveniente en trabajar todo un día para ello y así aprovechar la circunstancia para permanecer con nosotros unas horas más...

...Así funcionaban las cosas entonces, con complicidad, con cariño, con QUIMICA...

Y por eso un día apareció una furgoneta con una docena de lavabos nuevos, con su grifería y todo, que nos enviaba una pareja de peregrinos valencianos, justo el día en que habíamos terminado las conducciones nuevas de agua; y por eso un artista de la piedra caminando hacia Santiago hizo un alto en su Camino para labrarnos el símbolo que preside la puerta de entrada a la Casa, justo el día que se estaba levantando el muro principal y se coronaba la puerta de entrada... y tantas y tantas causalidades que nos convencieron de que estábamos en el buen camino y que aquéllo era imparable ...

Eso creímos ...

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Construir sueños... (4)

... Aquél invierno se empezaron a dar los primeros pasos. Había que esperar a que llegara la primavera para comenzar a desmontar, el frío era muy intenso, la tierra estaba especialmente dura y helada, los peregrinos eran un constante gotear, seis, diez, uno, ninguno, pero había que seguir haciendo frente cada día a las necesidades de mantener la hospitalidad intacta, esa era la principal razón de la existencia de aquélla casa y nunca permitiríamos que los nuevos proyectos impidieran esa labor.

Largas tardes de invierno junto a la estufa, conversaciones y discusiones hasta bien entrada la madrugada, siempre el Camino como tema, como monotema, analizando las posibilidades hasta la extenuación, buscando la forma de ir un poco más allá, inventando formas, soñando en fin...

Aquellos largos meses no pasaron en balde, aprendimos mucho unos de otros, leíamos en voz alta después de la comida y después de la cena pasajes del Evangelio de Tomás, ese texto vivo tan querido para el alma del proyecto, y discutíamos sobre aquéllas sabias e inquietantes palabras hasta la extenuación, hasta que ya rendidos nos metíamos en nuestros sacos.

De esas tardes grises, largas, frías e inolvidables, recuerdo a nuestro compañero Jean Louis.

Era un pequeño personaje más parecido a un hobbit que a un humano. Menudo, magro, nervudo y silencioso, absolutamente silencioso. No le gustaba hablar con los humanos, prefería hacerlo con las bestias. Quizá fuera por eso que me tomó como confidente en las largas veladas. Y me confió su preciosa forma de vida allá en los Pirineos, del lado de Francia, su interés en confraternizar con los los lobos y los osos, cómo se acercaba a ellos, les dejaba comida, permitía que se confiaran y les hablaba, si, les hablaba. Todo esto me lo contaba, chillaba, reía, recitaba con una voz preciosa y cantarina, en un idioma difícilmente reconocible, mezcla de francés, euskara, catalán, pero absolutamente expresivo y entendible, sin parar de moverse y gesticular a mi alrededor. Todos los años, antes de que la primavera empezara a hacer despertar los brotes de los campos, Jean Louis aparecía como un reloj. Venía caminando desde los Pirineos, desde su casa. Nunca se alojaba en Albergues ni ciudades, no lo soportaba. Necesitaba la soledad de los campos para poder descansar. No sabía leer ni escribir, pero era sabio. Jamás utilizó ningún documento ni credencial, no los necesitaba, pero llevaba consigo un viejo cuaderno lleno de comentarios en todos los idiomas y con mil letras diferentes. En él se plasmaban frases de aliento, cariñosas, deseos de felicidad, saludos variados de todo tipo de personas coincidentes en algún punto de un Camino, y algún sello no habitual, generalmente de conventos por los que a veces se dejaba caer en solicitud de ayuda. Se empeñó en que yo conservara esa joya, su cuaderno de viaje, su cuaderno de Camino. Lo mantengo como un preciado tesoro (acabo de reencontrarlo en una mudanza complicada, os prometo pasaros algún fragmento pronto).

Aún tengo otro recuerdo físico de aquél pequeño Gran Hombre. Me dejó grabados con un hierro calentado en la estufa, dos bastones cruzados con sus calabazas que adornan mi pequeño bastón de madera. Siempre que lo agarro lo llevo en mi mente. Un año no volvió. Explotó la primavera, pasó el verano y Jean Louis no apareció. Suponemos que continuó su camino. La huerta y la cabaña en la que dormía cuando estaba entre nosotros le echaron de menos. Nosotros más, mucho más ...

... y como dijo Sabina, el invierno duró lo que tarda en llegar la primavera, más o menos, y el proyecto que nos había unido, aquélla ilusión que conservábamos como un preciado tesoro en nuestro interior, sintió, al igual que todo el mundo exterior, los primeros síntomas de que había que empezar a vivir, a hacer algo material, que no nos habíamos juntado para rebozarnos en nuestros recuerdos y añoranzas sino que estábamos allí, juntos, para construir, para materializar un sueño, para hacer realidad una esperanza: todo estaba por hacer.

Así que nos desperezamos de un largo letargo y nos dispusimos a abandonar el capullo que había protegido la larva y a estirar cuidadosa pero impetuosamente nuestras alas y trabajar, la tarea era larga y no podía demorarse más.

Lo primero que decidimos es colocar una primera piedra de la obra como siempre se hace con las cosas perdurables. Para ello elejimos un lugar: sería junto al pozo, ese pozo sagrado, alma del entorno. Cuidadosamente hicimos el hoyo y lo dejamos una noche estrellada velando la ceremonia que se celebraría al día siguiente.

A ella asistieron varias personas venidas de toda la geografía española y algunos convocados de Alemania, Francia e Italia, así como dos peregrinos de Nueva Zelanda y un canadiense que se encontraban allí en ese mágico momento.

En la zanja colocamos primorosamente varias piedras: una traída por el Obispo de una gran ciudad alemana, procedente de la cripta de la catedral, unos fragmentos de azulejos del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial obtenidos rebuscando entre las basuras y deshechos de unas obras de acondicionamiento que se realizaban en ese lugar, un pequeño fragmento de suelo de la Plaza del Obradoiro, un gran cuarzo de las minas frente al pueblo y una piedra de un desierto neozelandés que uno de los peregrinos había trasnportado en su mochila desde allí para depositarla en la Catedral de Santiago. Traía dos, una la dejó en la Cruz de Ferro, y la otra decidió él mismo que cumpliría una mejor misión en aquél lugar en vez de en Compostela.

Todo ello acompañado de una caja metálica con el periódico del día, unas monedas de la época, duros y pesetas y un ejemplar del Evangelio de Tomás junto a una hermosa vieira.

El Obispo alemán roció la tierra con agua del Jordán y, por fin, tomó cuerpo el sueño, ya nada lo pararía ...

O si ...

martes, 15 de diciembre de 2009

Construir sueños... (3)

... a partir de ese momento, el Camino ya no era el mismo. Se había llenado de ilusión, color, promesas, objetivos, ya había algo importante que hacer, ya nada volvería a ser igual.

Sellamos un compromiso de corazón: Luis y su esposa, comerciantes de Lugo, Jean Pierre el pequeño montañés que hablaba con los osos, Francine la bella niña recien casada, y el resto de los peregrinos, nueve en total, que nos encontrábamos allí en aquél momento: la Casa se haría, la haríamos nosotros y cuantos fueran llegando pues el proyecto apuntaba a años de trabajo.

Y, una vez terminado aquél Camino, volvimos, volvimos muchas veces.

Primero había que conseguir unos planos adecuados, unos planos legalmente realizados por un arquitecto y compulsarlos para poder hacer un proyecto serio y solicitar los oportunos permisos. Y comenzó el calvario de despacho en despacho.

El dueño de todo y el promotor in pectore lo tenía muy claro, no quería nada para él, no quería figurar como propietario de nada, quería donar el terreno y su trabajo sin ninguna contrapartida, aquella tierra de la que vivía plantando flores de invernadero, aquel suelo que constituía todo su patrimonio, solamente quería hacer realidad su sueño.

Luego de muchas horas de discusiones y de reflexionar profundamente sobre el tema, se decidió crear una Asociación para diversificar los trabajos, los riesgos y las responsabilidades.

Así que el primer reto era formar una Asociación que llevara adelante el proyecto, darle cuerpo jurídico. Se convocó una reunión fundacional y se redactaron unos estatutos en los que se dejaron bien especificados todos los puntos: La Asociación se haría cargo de la construcción de la Casa y administraría su funcionamiento posterior.

Pero todo eso no era más que la cara material. Lo importante era lo que se avecinaba: una gran Casa para los peregrinos, construída exclusivamente por peregrinos y financiada por aportaciones que no existían pero que no nos cabía la menor duda de que irían llegando. Ese era el reto y a ese nos entregamos todos en cuerpo y alma.

El tiempo se encargaría de enseñarnos muchas cosas: que las dificultades iban a ser muy grandes, pero muy grandes, y lo más importante... que nunca nos iba a faltar de nada, que el Camino nos iba a proveer de todo lo necesario, que las manos nunca iban a escasear y que siempre vale la pena luchar y entregarse por aquéllo que se sueña ...

... El sueño ya estaba en marcha. Ya teníamos la primera parte de la infraestructura legal que haría posible dar los primeros pasos para la realización de "nuestro" (porque ya era nuestro, ya había dejado de ser personal y se había convertido en colectivo) sueño.

Así que, con los planos legalizados y en la mano (por favor, no preguntéis cómo se pagaron; se pagaron y basta, ya os decía que nada nos iba a faltar, era una labor destinada a hacerse, simplemente) y la Asociación creada y legalizada en el Registro Nacional de Asociaciones, comenzó la ardua, inmensa, desoladora a veces y enervante tarea de conseguir los permisos correspondientes, tanto en el Ayuntamiento como en el organismo correspondiente de la Administración Autonómica.

Eso casi merece un relato aparte, pero os ahorro el calvario. Porque fue un auténtico calvario, cualquiera de vosotros que haya tenido la remota idea de construir algo en un lugar cuaquiera conoce ya la forma de actuar de estas administraciones. El Ayuntamiento no tragaba: que era un lugar calificado como rural, que la nueva cnstrucción afeaba el entorno, que no estaba claro el tema de la propiedad futura, que ... todo un rosario de impedimentos y de pruebas al tesón y a la voluntad de aquél puñado de atrevidos.

Por supuesto que en el fondo latían rencillas y envidias ancestrales hacia el alma del proyecto y la persona que lo encarnaba. De manera que recurrimos a la astucia y solicitamos un reunión con todo el pleno municipal para presentarles el proyecto en vivo y en directo por peregrinos venidos de varias partes de España acompañando a peregrinos de varias nacionalidades que vinieron expresamente para ese Acto.

Una vez más, la intervención del Señor Santiago obró el milagro y lo que se presentaba como una batalla más se convirtió en una gloriosa mañana en la que todos los presentes nos volcamos con todas nuestras fuerzas y nuestra ilusión en mostrar a los concejales y al pueblo presente un proyecto que haría llevar el nombre de esa localidad por los cinco continentes allí representados.

Acompañamos la presentación de infinidad de adhesiones llegadas de todas las partes del mundo y algo debió de tocarles el corazón o la codicia (que de todo se veía en sus rostros) pero el caso es que se aprobó por aclamación el proyecto y se recibió la solemne promesa de recibir toda clase de ayuda y apoyo, intelectual e inmaterial, eso si, de toda la Villa.

Salimos del Ayuntamniento henchidos de alegría y cargados con todo tipo de obsequios: bolígrafos, planos y mapas del pueblo y hasta con un escudo de cerámica de la Villa cada uno de nosotros.

El transcurso de los meses y los años nos haría ver que aquéllo fue un espejismo y que el apoyo inicial se convirtió en una carrera de obstáculos que aún no ha terminado...

... Y comenzó la verdadera tarea, planificar el desmontaje de todo lo que había instalado en el terreno que ocuparía la futura Casa de Peregrinos y el ponerse manos a la obra.

Nadie sabía cómo se haría, con qué se haría ni quién realmente la haría pero varias cosas estaban absolutamente claras y marcadas: solamente intervendrían peregrinos vountariamente, sin remuneración alguna y cada uno aportando el tiempo de que dispusiera, se haría siguiendo siempre las instrucciones y a dirección del hombre que lo soñó y que tenía todo el proyecto grabado intensamente en su cabeza, y se emplearían materiales de la propia zona, sin máquinas, a mano, y con los mismos métodos que se emplearon en construir la vecina ilesia de Santiago. De esta manera la Casa se convertiría en una prolongación natural de aquél recinto sagrado del que tendría, en su centro, el pozo que alimentaba y energetizaba todo el entorno...

Ni que decir tiene que todos estos trabajos iniciales ocuparon unos meses durante los cuales una dedicación, y no la menor, consistió en explicar el proyecto a todo aquél que paraba en el lugar, al tiempo que se les atendía como siempre, nunca debería dejar de atenderse la hospitalidad durasen lo que duraran las obras.

Muchas fueron las personas que en ese tiempo pasaron por allí y nos dejaron su huella, su apoyo y, lo que es más importante, su impronta y su recuerdo. No perdamos de vista que era un trabajo vivo, interactivo.

Un lejano día una joven de largo cabello brillante, piel cobriza y ojos intensamente oscuros pasó por la casa. Venía de tierras muy lejanas, de más allá del gran mar y estaba haciendo realidad una ilusión largamente acariciada: recorrer el Camino. Estaba convencida de que aquéllo le cambiaría la vida y tuvo que dejar muchas cosas atrás para lograr su quimera. Nos contaba cómo sufrió los primeros días allá en los Pirineos para vencer su vértigo, cómo otro peregrino la ayudaba y le tendía su bastón para que lo agarrara y poder dar los pasos más aéreos, cómo se sentía desfallecer y cómo remontó con garra y valor para continuar adelante. Nos relataba cómo numerosos amigos y conocidos, algunos sin rostro hasta entonces, la acompañaron, la animaron, la guiaron y la siguieron en su periplo. Y cómo se encontraba ya allí, en su Camino, como si estuviera en su casa y la ilusión que la impulsaba a continuar adelante. Seguramente volvería pues para ella, ésto era ya su casa.

O aquél otro peregrino de las orillas del Ebro, culto y gran conversador, que se nos lanzaba a cantar con su potente vozarrón hasta que nos volvía medio locos y le teníamos que pedir que bajara el tono. Cordial y amistoso donde los hubiera, nos contaba sus proyectos de ir hasta Finisterre y trabajar con los amigos gallegos, de formar parte de alguna Asociación Galega o algo así, de su intensa correspondencia con otros peregrinos y de sus ganas insaciables de recorrer caminos. Con él tuve que librar algún duelo dialéctico más parecido a un cruce de floretes, pero siempre sin sangre ni muerte, por supuesto. Buen colega, amigo y contrincante, ¡vive Dios!

Una presencia dejó un gran recuerdo. Se trataba de un peregrino magro, pequeño, casi diría que flaco que estaba materializando un gran proyecto: venir desde el mar de enfrente caminando hasta el gran mar de occidente. Su máxima ilusión era volver y trabajar en el camino siempre que la vida se lo permitiera y no nos cupo ninguna duda a nadie de que se convertiría en un magnífico "hospitalario", porque hospitalidad era lo que derrochaba, aún recibiéndola. Muchas veces después tuve ocasión de recibir sus visitas, así como de compartir horas en cualquiera de los Albergues del Camino en los que prestaba sus servicios.

El trabajo comenzaba, pero la ilusión y el impulso no hacían más que incrementarse a medida que se empezaron a removerse los primeros obstáculos y a verse camino despejado por el que empezar a transitar...

La vereda se iba desbrozando...